El envejecimiento demográfico no es una tendencia "futura": es ya un cambio estructural en curso que está redefiniendo el trabajo, la sanidad y los sistemas de bienestar. Las Naciones Unidas indican que, para 2080, las personas de 65 años o más superarán en número a los menores de 18, señal de una transformación profunda de la pirámide demográfica global. La OMS añade un dato igualmente poderoso: para 2050, la población mundial de personas de 60 años o más se duplicará hasta alcanzar los 2.100 millones.
En Europa esta tendencia ya está muy avanzada. Eurostat estima que a 1 de enero de 2024 más de un quinto de la población de la UE (el 21,6%) tiene 65 años o más, y que la tasa de dependencia de los mayores está aumentando, reduciendo el número de adultos en edad laboral por cada persona mayor. En otras palabras: menos contribuyentes activos deben sostener, en promedio, más pensiones y más gasto sanitario, lo que presiona los presupuestos públicos y la organización de los servicios.
Un caso real que muestra cómo el envejecimiento impacta en la vida cotidiana, más allá de los números, es la relación entre edad y vulnerabilidad climática. Estudios sobre mortalidad por calor en Europa (basados en datos de Eurostat y publicados en revistas científicas) han estimado decenas de miles de muertes relacionadas con el calor en el verano de 2022, con mayor riesgo para mayores y personas frágiles, y las instituciones europeas están reforzando los planes de vigilancia y preparación. Aquí se aprecia claramente cómo el envejecimiento amplifica otros riesgos sistémicos, incluido el climático.
En cuanto a las soluciones, un caso frecuentemente citado por su concreción es el sistema japonés de seguro de cuidados de larga duración (Long-Term Care Insurance), puesto en marcha en 2000 y gestionado a nivel municipal, concebido para reducir la carga sobre las familias y organizar servicios domiciliarios y residenciales. Este ejemplo es útil porque muestra que el envejecimiento no se gobierna solo con "más gasto": requiere una arquitectura de políticas, criterios de acceso, una fuerza laboral dedicada e integración entre lo sanitario y lo social.
En paralelo, la digitalización de la sanidad se ha convertido en un pilar: telemedicina, monitorización remota, continuidad asistencial. La OCDE ha publicado orientaciones sobre cómo integrar la telemedicina en la atención ordinaria, no como excepción de emergencia, poniendo en el centro el acceso equitativo y la calidad. En resumen, el envejecimiento no es solo "más personas mayores": es un cambio que obliga a repensar la prevención, la asistencia de larga duración, las tecnologías y el trabajo de cuidados, con decisiones políticas que tienen efectos económicos y sociales a largo plazo.