En marzo de 2022, la comunidad internacional había lanzado una señal contundente: 175 países, reunidos en la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, habían aprobado una resolución histórica para negociar un tratado global jurídicamente vinculante contra la contaminación por plásticos. El objetivo era ambicioso y claro: intervenir en todo el ciclo de vida del plástico, desde la producción hasta la eliminación, abordando una de las emergencias ambientales más urgentes de nuestro tiempo.
Tras años de reuniones y negociaciones, el verano de 2025 representó un momento crucial. Del 5 al 15 de agosto, en Ginebra, se celebró la sesión INC-5.2 del Comité Intergubernamental de Negociación, considerada por muchos observadores como una de las últimas oportunidades decisivas para llegar a un acuerdo. Las expectativas eran altas, pero el debate resultó ser extremadamente complejo.
Lo que bloqueó el acuerdo fueron principalmente los profundos desacuerdos sobre algunos puntos clave. Por un lado, la llamada High Ambition Coalition —que agrupa a más de cien países, entre ellos la Unión Europea y numerosos estados africanos e insulares— impulsó límites vinculantes a la producción de plástico virgen y la prohibición de las sustancias más nocivas. Por otro, un grupo de países productores de petróleo y plástico, liderados por Arabia Saudita y Rusia, se opuso a cualquier techo global, defendiendo un enfoque basado en decisiones nacionales y en el principio del consenso unánime.
El contexto científico, sin embargo, pone de manifiesto la urgencia de actuar. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en el mundo se producen cada año más de 460 millones de toneladas de plástico, y menos del 10% se recicla. Estudios científicos vinculados a la revista The Lancet muestran cómo la contaminación por plásticos representa un riesgo creciente para la salud humana, con costes sanitarios y económicos enormes, estimados en cientos de miles de millones de dólares al año.
Durante los días de la cumbre, el artista canadiense Benjamin Von Wong hizo visible este peso moral instalando frente al Palacio de las Naciones una gran escultura: una reinterpretación del Pensador de Rodin sumergido en residuos plásticos, símbolo de la inacción política ante una crisis global.
Las negociaciones concluyeron sin acuerdo, pero el proceso no está cerrado. En febrero de 2026 se celebró en Ginebra una nueva sesión, la INC-5.3, de naturaleza principalmente procedimental, para reorganizar el liderazgo del Comité y mantener abierto el diálogo. Lo que está en juego sigue siendo muy alto: según el PNUMA, aplicando políticas y tecnologías ya disponibles, sería posible reducir la contaminación por plásticos hasta en un 80% para 2040. La pregunta ahora es si la voluntad política estará a la altura del desafío.