Para millones de personas LGBTQ+, elegir un destino turístico significa valorar ante todo la seguridad y la libertad de expresión. El turismo no es neutro: refleja el nivel de derechos y acogida de un territorio.
En las últimas dos décadas, el turismo LGBTQ+ se ha convertido en uno de los segmentos más dinámicos del mercado global. No se trata solo de locales o fiestas temáticas, sino de contextos en los que la visibilidad no conlleva riesgos.
En Europa, Gran Canaria — y en particular Maspalomas — se ha consolidado como uno de los destinos símbolo. El Orgullo anual atrae cada año centenares de miles de visitas entre eventos y manifestaciones, contribuyendo a distribuir los flujos turísticos también fuera de la temporada alta.
El éxito está vinculado a varios factores: la legislación española en materia de derechos civiles, una cultura local relativamente abierta e inversiones en el sector de alojamiento y ocio. La inclusión se convierte así también en elemento de posicionamiento internacional.
Los beneficios económicos son evidentes: desestacionalización, estabilidad para los establecimientos hoteleros, refuerzo de la marca territorial. Pero emergen también tensiones. El riesgo es que el arcoíris se convierta solo en estrategia de marketing, transformando una experiencia de libertad en un producto envasado.
Se añade el tema de la presión inmobiliaria y la transformación de los barrios más atractivos. El desafío es mantener la coherencia entre imagen y realidad cotidiana.
El turismo LGBTQ+ no es solo un segmento de mercado. Es un indicador del grado de madurez de la relación entre derechos, identidad y espacio público.