En Sicilia están a punto de levantar algo que, visto desde Canarias, debería despertar más de una reflexión. La empresa energética europea Elgin, junto con Geostudio Group, acaba de anunciar la construcción de un gran complejo agrivoltaico de 47 megavatios en la isla italiana, con una inversión de 35 millones de euros. El proyecto no es solo una central solar: es una apuesta por demostrar que la producción de energía limpia y la actividad agrícola no solo pueden coexistir, sino potenciarse mutuamente.
Para Canarias, una tierra con más de 3.000 horas de sol al año, una agricultura tradicional sometida a una presión creciente y una dependencia casi total de los combustibles fósiles para generar electricidad, este modelo llega en el momento más oportuno.
¿Qué es exactamente la agrivoltaica?
La agrivoltaica es una tecnología que combina en el mismo terreno la producción de energía solar fotovoltaica y el cultivo agrícola. En lugar de instalar los paneles sobre un suelo que deja de ser productivo, se utilizan estructuras elevadas que permiten que la luz solar alcance los cultivos situados debajo, mientras los módulos fotovoltaicos capturan parte de esa energía para convertirla en electricidad.
El proyecto siciliano de Elgin utiliza precisamente este sistema de módulos elevados, complementado con tecnologías de monitorización avanzada para minimizar el impacto sobre el suelo y optimizar tanto la producción agrícola como la generación de energía. Además, incorpora un sistema de almacenamiento de baterías de 25 megavatios que permite estabilizar el suministro eléctrico, uno de los grandes retos de las energías renovables.
Por qué Canarias es el territorio ideal
Las similitudes entre Sicilia y Canarias son más que geográficas. Ambas son islas mediterráneas y atlánticas con una irradiación solar excepcional, una tradición agrícola consolidada y una dependencia energética que encarece la vida de sus habitantes. Pero las Canarias tienen, además, un incentivo extra: su condición de región ultraperiférica de la Unión Europea les da acceso a fondos europeos específicos para la transición energética y el desarrollo rural que no están disponibles para el resto de España.
La agricultura canaria lleva años bajo presión. El coste del agua, el encarecimiento de la energía para los sistemas de riego, la escasez de mano de obra y la competencia de otros territorios amenazan la viabilidad de cultivos emblemáticos como el plátano, el tomate o la papa. La agrivoltaica podría aliviar una parte significativa de estos problemas: los paneles solares protegen los cultivos del exceso de radiación y del viento, reducen la evapotranspiración —lo que disminuye el consumo de agua— y generan electricidad que puede usarse directamente en la propia explotación agrícola, abaratando el coste energético del agricultor.
Menos agua, más rendimiento: la ciencia detrás del modelo
Los estudios realizados en instalaciones agrivoltaicas en Europa y Asia muestran resultados sorprendentes. En climas cálidos y soleados —precisamente las condiciones canarias— la sombra parcial que proyectan los paneles puede mejorar el rendimiento de ciertos cultivos al reducir el estrés térmico de las plantas. Cultivos como la lechuga, las fresas, las hierbas aromáticas o determinadas variedades de hortalizas han mostrado producciones iguales o superiores bajo estructuras agrivoltaicas respecto al cultivo al aire libre convencional.
El ahorro de agua es otro beneficio clave. En un archipiélago donde el agua es un recurso escaso y caro —las Canarias dependen en gran medida de la desalinización, un proceso energéticamente intensivo—, cualquier tecnología que reduzca el consumo hídrico tiene un valor estratégico enorme. Estimaciones europeas apuntan a reducciones de entre el 20% y el 30% en el consumo de agua en instalaciones agrivoltaicas bien diseñadas.
Una nueva fuente de ingresos para el agricultor canario
Uno de los aspectos más interesantes de la agrivoltaica para el pequeño y mediano agricultor es la posibilidad de diversificar sus ingresos. En el modelo de cooperación entre propietarios de terrenos y empresas energéticas —similar al que Elgin ha puesto en marcha en Sicilia con Geostudio Group—, el agricultor puede arrendar parte de su explotación para la instalación de los paneles, percibiendo un canon periódico, mientras sigue cultivando el terreno. En algunos casos, el propio agricultor puede convertirse en productor de energía y vender los excedentes a la red eléctrica.
Para comunidades rurales de islas como La Palma, La Gomera o El Hierro, donde el abandono del campo es una realidad creciente, este modelo podría ser un instrumento eficaz para fijar población y mantener vivo el sector primario.
El reto regulatorio y el papel de las instituciones
No todo son ventajas. El desarrollo de la agrivoltaica en España enfrenta todavía importantes obstáculos regulatorios. La normativa española sobre instalaciones fotovoltaicas en suelo rústico es restrictiva y varía según la comunidad autónoma. En Canarias, donde el suelo agrícola es escaso y especialmente protegido, el marco legal deberá adaptarse para permitir estas instalaciones sin comprometer la función primaria del terreno.
El Gobierno de Canarias y los cabildos insulares tienen aquí un papel fundamental. La experiencia siciliana —y la de otras regiones europeas que ya han apostado por este modelo, como el sur de Francia o los Países Bajos— demuestra que con un marco regulatorio claro y una colaboración efectiva entre administraciones, empresas y agricultores, la agrivoltaica puede desplegarse de forma ordenada y beneficiosa para todos.
La ocasión no puede perderse
Lo que Elgin y Geostudio Group están construyendo en Sicilia no es solo una instalación energética: es un modelo de futuro para territorios insulares que necesitan al mismo tiempo más energía limpia, una agricultura más resiliente y nuevas oportunidades económicas para sus zonas rurales. Las Canarias reúnen todas las condiciones naturales para liderar este modelo en España.
El sol que calienta nuestros campos durante más de 3.000 horas al año no tiene por qué ser solo un recurso turístico. Puede ser también la base de una agricultura más sostenible, más rentable y más preparada para los retos del siglo XXI. Solo hace falta voluntad política, un marco regulatorio adecuado y la decisión de no dejar pasar esta oportunidad.