Hay algo que une los apagones rotativos de Pakistán, las plataformas petrolíferas frente a las costas de Guyana y las nuevas instalaciones solares que proliferan en los tejados de Gran Canaria: una crisis energética mundial que no ha terminado de resolverse y que, según George Cotton, gestor de cartera del fondo JSS Transition Enhanced Commodities de J. Safra Sarasin, está reescribiendo las reglas de los mercados con una profundidad que todavía no terminamos de medir.
El conflicto de Oriente Medio actuó como detonador. Los gobiernos de los países desarrollados respondieron con subsidios y techos de precios, calcando el manual de 2022. Es la respuesta previsible cuando se gobierna pensando en el próximo ciclo electoral, no en las próximas décadas. Pero debajo de esa superficie política, algo más duradero está tomando forma, y son los propios consumidores quienes lo están protagonizando.
El caso pakistaní es revelador. Ante la escasez de gas natural licuado y los cortes de luz que llegaban a durar horas enteras, los ciudadanos no esperaron que el Estado encontrara una solución: instalaron paneles solares por millones. El efecto fue tan masivo que varios proyectos de generación eléctrica a carbón acabaron abandonados por falta de rentabilidad. Cotton ve en este fenómeno un anticipo de lo que podría ocurrir en toda Asia si la crisis se prolonga, precisamente en un momento en que China empieza a limitar su sobreproducción de paneles fotovoltaicos.
La movilidad sigue una lógica parecida. Los vehículos híbridos enchufables y los eléctricos de autonomía extendida fabricados en China están encontrando su mercado en los países emergentes, donde la red eléctrica es demasiado irregular para que los coches eléctricos puros resulten prácticos. Un híbrido, en ese contexto, no es un capricho ecológico: es una solución a un problema real y cotidiano.
Para las Islas Canarias, estas dinámicas no son un asunto lejano. El archipiélago sigue dependiendo del combustible importado por barco, lo que hace que cada sacudida en los mercados energéticos globales repercuta directamente en las facturas de luz y en los costes del transporte. Sin embargo, las condiciones naturales del archipiélago — sol abundante, vientos alisios constantes, una conciencia creciente sobre la sostenibilidad — lo convierten en un territorio especialmente bien situado para aprovechar la aceleración de las renovables que Cotton describe. El ejemplo de El Hierro, que lleva años generando la mayor parte de su electricidad a partir de fuentes limpias, no es una curiosidad anecdótica: es un modelo que cada vez más expertos señalan como referencia válida.
En el frente del petróleo tradicional, el panorama es más complicado de lo que parece. Los productores norteamericanos de shale tienen reservas, pero les faltan infraestructuras, capacidad de transporte y tiempo. La producción genera gas y aguas residuales tóxicas que deben gestionarse con rigor, y escalar rápido tiene un coste enorme. Mientras tanto, Brasil, Guyana y varios países asiáticos están volviendo la vista hacia el petróleo y el gas offshore, proyectos que durante años languidecieron por falta de rentabilidad y que ahora vuelven a tener sentido económico con precios del crudo sostenidos.
El mundo energético está en uno de esos momentos en que las placas tectónicas se mueven de verdad. Canarias, por su posición atlántica y por su vocación renovable, tiene mucho que decir en este reordenamiento.