Hay un archipiélago en medio del Atlántico donde el viento no descansa nunca. Donde el sol golpea con una intensidad que en el resto de Europa sería excepcional, y donde las dorsales volcánicas atrapan las corrientes y las convierten en recursos. Las Islas Canarias — siete islas principales, dos menores y un puñado de islotes frente a la costa africana — llevan tiempo sin contemplar ese potencial como un telón de fondo pintoresco. Hoy quieren construir sobre él su propio futuro energético, y están recogiendo los frutos de decisiones valientes tomadas con mucha antelación.
El camino es ambicioso, pero está documentado. El Gobierno regional ha fijado el objetivo de alcanzar el cien por cien de energía renovable antes de 2040, una meta que exige transformar radicalmente un sistema que hasta ahora ha dependido casi por completo de combustibles fósiles importados. El aislamiento geográfico ha significado durante décadas unos costes energéticos de los más altos de España: centrales térmicas quemando gasóleo a precios marcados por mercados internacionales muy lejanos. El cambio se ha convertido en una necesidad económica antes incluso que ambiental.
Los datos son contundentes. Según el Plan de Transición Energética de Canarias, las fuentes renovables deben cubrir al menos el setenta y cuatro por ciento de la demanda eléctrica antes de que acabe esta década. La fotovoltaica y la eólica son la columna vertebral de esa transición. Los recursos son extraordinarios: más de tres mil horas de sol anuales en muchas zonas del archipiélago, vientos constantes del norte y el nordeste, y una orografía que crea condiciones ideales para ambas tecnologías, tanto en las cimas como en las llanuras costeras de mayor exposición.
El ejemplo más citado internacionalmente es el de El Hierro. El proyecto Gorona del Viento, puesto en marcha en 2014 con el respaldo del Gobierno regional, ha transformado esta isla volcánica de poco más de diez mil habitantes en un laboratorio vivo de sostenibilidad. El sistema combina un parque eólico con una central hidroeléctrica: la energía excedente se usa para bombear agua a un embalse en altura, que luego se libera para generar electricidad en los momentos de calma. Un mecanismo de almacenamiento simple en su lógica, sofisticado en su ejecución. En los mejores años, El Hierro ha superado el cien por cien de autosuficiencia durante períodos prolongados.
La Palma, Lanzarote, Fuerteventura: cada isla desarrolla su propia mezcla renovable, adaptada a la morfología local. En Tenerife, el ITER — Instituto Tecnológico y de Energías Renovables — lleva décadas trabajando como centro de investigación aplicada a las tecnologías insulares, con patentes propias y colaboraciones con universidades europeas. Gran Canaria apuesta por grandes plantas fotovoltaicas en el sur, donde el sol es más intenso y el suelo menos urbanizado.
Detrás de esta transformación están también los fondos europeos. Canarias, región ultraperiférica de la Unión, se beneficia de financiación específica a través de los Fondos Estructurales y el Plan de Recuperación español, que canaliza los recursos del programa Next Generation EU. El objetivo no es solo ambiental: reducir la dependencia de los fósiles implica estabilizar precios, abaratar la factura de los ciudadanos y atraer inversión hacia un territorio que quiere presentarse como laboratorio global de sostenibilidad insular. Los resultados, despacio pero con firmeza, empiezan a darles la razón.