Existe un estudio que debería hacernos reflexionar cada vez que pulsamos un "me gusta" en una red social. Publicado por la Universidad de Cambridge en 2015 en la revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences), la investigación coordinada por Michal Kosinski demostraba algo incómodo: con apenas 10 likes, un sistema de inteligencia artificial lograba trazar un perfil psicológico del usuario más preciso que el que podría describir un simple conocido. Con 70 likes, superaba a amigos y colegas. Con 150 likes, dejaba atrás a los familiares más cercanos. Con 300 likes, conocía a esa persona mejor de lo que la conoce su propia pareja. Eran los datos de 2015. Hoy, en junio de 2026, aquel algoritmo parece prehistoria.
El punto no es solo técnico. Es político, económico, social. Cada día cedemos información sobre nosotros mismos sin tener la menor percepción de su valor real. Una interacción en una plataforma, una búsqueda en un motor, una compra rastreada, una pausa prolongada sobre un contenido de vídeo: todo alimenta modelos predictivos cada vez más sofisticados, capaces no solo de describirnos sino de anticipar nuestras elecciones, nuestros estados de ánimo e incluso nuestras vulnerabilidades.
El futuro próximo en el que ya estamos inmersos lleva esta lógica a un nivel superior. Según el informe AI Index 2025 publicado por la Universidad de Stanford, los modelos lingüísticos y predictivos están alcanzando capacidades de inferencia conductual que hasta hace tres años se consideraban inalcanzables en el corto plazo. Las empresas tecnológicas están integrando estos sistemas no solo en el marketing, sino en los servicios sanitarios, en las plataformas educativas, en los sistemas de crédito e incluso en los procesos de selección de personal. La perfilación ya no es una herramienta publicitaria: se ha convertido en una infraestructura invisible que orienta oportunidades y limitaciones en la vida concreta de las personas.
Lo que preocupa a los expertos en ética digital no es solo el uso comercial de estos datos, sino la velocidad con que la tecnología supera la capacidad regulatoria de los estados. La Unión Europea aprobó la AI Act, plenamente en vigor desde 2025, que clasifica ciertos usos de la IA como de alto riesgo e impone restricciones precisas. Pero la aplicación concreta sigue siendo un desafío abierto. Las plataformas globales operan en múltiples jurisdicciones, los datos viajan sin fronteras y los modelos más potentes se entrenan a una escala que escapa a cualquier auditoría tradicional.
En el próximo trienio, según las proyecciones del Foro Económico Mundial contenidas en el informe Future of Jobs 2025, la expansión de la IA generativa y predictiva tocará todos los sectores productivos. Pero el efecto colateral menos discutido es este: cuanto más hábiles se vuelven los sistemas para conocernos, mayor es la brecha entre quienes controlan ese conocimiento y quienes son simplemente su objeto. Nosotros, los usuarios, en la gran mayoría de los casos pertenecemos a la segunda categoría, a menudo sin saberlo y sin haberlo elegido conscientemente.
La pregunta que plantea el futuro próximo no es si la IA nos conocerá aún mejor. Lo hará, eso es seguro. La pregunta es quién decidirá qué hacer con ese conocimiento, y si todavía tendremos voz en ese asunto.
Fuentes: Kosinski et al., "Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior", PNAS, 2015; Stanford University, AI Index Report 2025; World Economic Forum, Future of Jobs Report 2025; Reglamento UE sobre Inteligencia Artificial (AI Act), 2024.