Hay algo casi poético, e igualmente inquietante, en la idea de que cada vez que se consulta una inteligencia artificial, la respuesta recorra miles de kilómetros por el fondo del océano a través de un cable tan grueso como una manguera de jardín. No es una metáfora. Es exactamente lo que ocurre, cada segundo, miles de millones de veces al día. Más del 95% del tráfico global de internet — datos, mensajes, transacciones financieras, consultas a sistemas de IA — transita por una red de cables submarinos de fibra óptica tendidos en el barro y en las fosas abisales de los océanos. Así lo confirman los datos de Telegeography, la principal empresa de análisis de infraestructuras de telecomunicaciones globales, que lleva décadas cartografiando esta telaraña invisible.
Hilos de vidrio tan finos como cabellos, capaces de transportar petabytes de datos por segundo gracias al principio de reflexión total interna de la luz, sostienen hoy el peso de una civilización digital cada vez más dependiente de la inteligencia artificial. Con el auge de los modelos de lenguaje de gran escala y los sistemas de IA generativa, la cantidad de datos que debe moverse entre centros de datos distribuidos en los cinco continentes ha crecido de forma exponencial. Google, Microsoft y Amazon han respondido invirtiendo miles de millones de dólares en nuevos cables propietarios: el cable Firmina de Google, inaugurado en 2024, conecta Estados Unidos con América del Sur con una capacidad sin precedentes, mientras que el proyecto Ellalink y decenas de obras submarinas más están en marcha en todo el mundo, según la documentación oficial de las propias empresas.
Pero esta infraestructura monumental es también sorprendentemente frágil. El 26 de febrero de 2024, en el Mar Rojo, tres cables submarinos críticos — Seacom, TGN-EA y Asia Africa Europe 1 — fueron cortados en rápida sucesión, casi con certeza a causa de las tensiones geopolíticas vinculadas al conflicto en Yemen y a los ataques de los hutíes en la región. El resultado fue inmediato y tangible: ralentizaciones significativas de la conectividad en gran parte del sur de Asia, África oriental y Oriente Medio. El incidente fue documentado por Kentik, empresa especializada en análisis de tráfico de red, y recogido por Reuters y el Financial Times, revelando hasta qué punto un único punto de ruptura puede propagar sus efectos a escala continental.
Las amenazas no son solo geopolíticas. Anclas de barcos mercantes arrastradas por el viento, pequeños terremotos oceánicos, incluso las mordeduras de tiburones — fenómeno documentado por Google ya en 2014 — pueden interrumpir flujos de datos que alimentan hospitales, bolsas de valores y sistemas de IA en tiempo real. La OTAN ha señalado en repetidas ocasiones, en sus últimos informes de 2025, un aumento de las actividades de vigilancia submarina por parte de flotas militares extranjeras en las proximidades de estos corredores digitales, clasificándolas como una posible amenaza híbrida a la infraestructura crítica occidental.
Lo que más llama la atención, al observar esta realidad de cerca, es la brecha entre la percepción común y la realidad material. Se tiende a imaginar la inteligencia artificial como algo etéreo, distribuido en el aire como una onda de radio. En realidad, cada respuesta generada, cada imagen sintetizada, cada diagnóstico médico asistido por un algoritmo depende de cables físicos tendidos por barcos especializados en fondos marinos que ningún ser humano verá jamás. La revolución cognitiva de los próximos años, con sus asistentes autónomos y sus redes neuronales cada vez más potentes, descansa literalmente sobre vidrio sumergido en el barro a tres mil metros de profundidad.
Cuanto más delega la sociedad en lo digital — desde la sanidad hasta la movilidad, desde las finanzas hasta la educación — mayor es la exposición a una vulnerabilidad que no tiene nada de virtual. Y mientras los gobiernos debaten sobre la regulación de la IA y la ética algorítmica, la verdadera pregunta estratégica de los próximos años podría ser otra: quien controla los cables, controla el futuro.
Fuentes: Telegeography (telegeography.com), Kentik, Reuters, Financial Times, NATO Allied Command Transformation Report 2025, documentación oficial Google Firmina Project.