Hay algo silencioso pero profundo que está cambiando en la manera en que las personas deciden cómo gastar su dinero. No se trata de una crisis económica ni de una moda pasajera. Es una transformación cultural que tiene raíces en los valores, en la identidad y, cada vez más, en la relación con lo digital. La Generación Z está reescribiendo las reglas del consumo, y los mercados harían bien en escuchar.
Según un estudio publicado por Booking.com y analizado por distintos medios económicos internacionales, el 52% de los jóvenes pertenecientes a la Generación Z declara destinar recursos extra a viajes, festivales, experiencias y aventuras. Un dato que contrasta de forma nítida con el de los Baby Boomers, que se sitúa en el 29%. La distancia entre estos números no es simplemente generacional: cuenta una filosofía de vida distinta, un enfoque del dinero que pone en el centro lo vivido, no lo poseído.
Durante décadas, el modelo dominante fue el de la acumulación: la casa en propiedad, el automóvil, el dispositivo electrónico de última generación. Objetos que comunicaban estatus, estabilidad, éxito. Pero algo se ha resquebrajado. Las nuevas generaciones, criadas entre smartphones, redes sociales y una pandemia global, aprendieron de manera muy directa que el tiempo tiene un valor que ningún objeto puede devolver. Un concierto vivido, un viaje improvisado, una cena compartida con amigos en una ciudad extranjera: estos son los nuevos activos emocionales, y su valor se aprecia mejor que cualquier balance contable.
Este cambio no afecta solo a la psicología del consumidor. Tiene un impacto directo y medible en el ecosistema digital y en la inteligencia artificial. Las plataformas tecnológicas ya están adaptando sus algoritmos para responder a esta demanda: desde Spotify que crea playlists para los viajes, hasta Airbnb que refina sus recomendaciones experienciales gracias al machine learning, pasando por las aerolíneas que usan IA para anticipar los deseos de los viajeros antes incluso de que estos los expresen conscientemente. El mercado de la economía de la experiencia, según estimaciones del Foro Económico Mundial actualizadas a 2025, ya vale más de 8 billones de dólares a nivel global y la trayectoria sigue al alza.
Las empresas tech y los gigantes del comercio electrónico están llamados a repensar sus modelos. Amazon, que construyó un imperio sobre la venta de bienes físicos, ya ha comenzado a explorar el segmento de los servicios y las experiencias. Meta invierte en el metaverso también para ofrecer experiencias virtuales compartibles. Las startups de IA generativa se están posicionando para personalizar itinerarios de viaje, sugerir eventos culturales a medida y construir memorias digitales a partir del contenido generado durante las experiencias vividas.
Pero también hay una lectura más crítica que hacer. Este desplazamiento hacia el consumo experiencial podría no significar el fin del consumismo, sino su evolución. Se sigue consumiendo, pero de otra manera: se compran entradas, suscripciones, accesos, streaming de eventos en directo. Lo digital facilita y monetiza cada paso de esta nueva cadena de valor, a menudo de forma incluso más capilar que los bienes físicos.
Lo que parece cierto, mirando los datos disponibles y las tendencias en curso al 26 de junio de 2026, es que los mercados no pueden ignorar esta señal. La Generación Z no es solo el consumidor de hoy, es el arquitecto de los modelos económicos del mañana. Y está eligiendo, con claridad, invertir en lo que se vive, no en lo que se posee.