Mientras Promotur Turismo de Canarias prepara para septiembre el lanzamiento de su nueva campaña para atraer a trabajadores remotos del norte de Europa, en Las Palmas de Gran Canaria la comunidad de nómadas digitales ya existe, y es probablemente la más consolidada de todo el archipiélago. No es un fenómeno anunciado para el futuro, sino una red cotidiana de espacios de coworking, grupos de Slack, meetups y eventos que llevan años funcionando, mucho antes de cualquier campaña publicitaria.
Varios operadores del sector describen a Las Palmas como la "capital de los nómadas" de Canarias: alberga la comunidad de teletrabajadores más numerosa del archipiélago, decenas de espacios de trabajo compartido y la ventaja, nada menor, de tener la playa urbana de Las Canteras a pocos minutos a pie del escritorio. Espacios como Black House y Go Coworking ofrecen puestos compartidos y privados, internet de alta velocidad y salas de reuniones; un puesto fijo en coworking cuesta normalmente entre 80 y 150 euros al mes, a menudo incluido en los paquetes de coliving. Desde 2018 el archipiélago es también uno de los destinos de WiFi Tribe, la comunidad internacional que organiza estancias de grupo para nómadas digitales por todo el mundo, mientras que iniciativas como Live It Up Las Palmas usan Slack para organizar eventos y actividades sociales entre quienes trabajan en remoto en la isla.
El motivo por el que las instituciones canarias cortejan a este segmento es, esencialmente, económico. Según datos difundidos por el Gobierno de Canarias, quien trabaja en remoto en las islas gasta de media casi el triple que el turista vacacional tradicional: su estancia se mide en semanas o meses, no en días, y el gasto se reparte entre alquiler, gimnasio, coworking y restauración diaria, sin concentrarse en los picos estacionales. Es un visitante que, de hecho, se comporta como un residente temporal.
Detrás de las cifras están las historias de quienes ya han dado el paso. Carlos, diseñador gráfico que se mudó a Tenerife hace aproximadamente un año, cuenta que ha encontrado "no solo un lugar increíble para vivir, sino también una comunidad que le apoya y enriquece su trabajo" — una experiencia que se repite a menudo en los relatos de quienes se establecen en las islas: la vida en remoto aquí no es aislamiento, sino integración en una red social activa, hecha de eventos informales, talleres y conferencias especializadas que van desde meetups ocasionales hasta iniciativas más estructuradas.
Queda, sin embargo, una pregunta que las islas ya no pueden ignorar, y que los propios organismos turísticos reconocen: ¿qué impacto tiene este fenómeno sobre el mercado inmobiliario y las comunidades locales? La misma flexibilidad que convierte al nómada digital en un huésped valioso lo pone en competencia directa con los residentes por los alquileres de medio y largo plazo, en un contexto en el que —como muestran los datos del mercado del alquiler— la tensión habitacional ya es muy alta. El reto, sobre todo para Gran Canaria y Tenerife, será transformar la atracción de talento internacional en un valor compartido: no simplemente habitaciones alquiladas a precios crecientes, sino competencias que circulan, iniciativas empresariales locales y un gasto que se queda en el territorio todo el año, sin trasladar el coste de la acogida a los residentes más jóvenes.