Son las nueve de la mañana en La Orotava, y en una casa histórica rehabilitada alguien abre el portátil en una terraza con vistas al mar, mientras otros van llegando poco a poco para el primer café compartido del día. No es un hotel, ni una oficina: es uno de los muchos espacios de coliving y coworking que en los últimos años han cambiado la fisonomía de algunas zonas de Canarias, convirtiéndolas en un destino estable para quienes trabajan en remoto todo el año.
Al contrario de lo que podría pensarse, no existe un único modelo de nómada digital en Canarias, ni un único tipo de espacio. En Tenerife conviven fórmulas distintas: Cactus Coliving and Coworking, en el sur de la isla, apuesta por un público joven y un ritmo de vida costero; Nine Coliving, en la citada La Orotava, propone en cambio una experiencia más pausada, en un edificio histórico, con eventos comunitarios pensados para que socialicen personas que de otro modo trabajarían de forma aislada. En Gran Canaria, Las Palmas ha desarrollado un ecosistema urbano más denso, con espacios como White Forest, Work in Cholas, Sky Coworking y Fico, dirigidos a un público mixto de residentes y teletrabajadores internacionales. En Fuerteventura, Hub Fuerteventura ofrece un modelo distinto: un edificio de tres plantas junto al mar, con habitaciones compartidas y privadas para quienes buscan una estancia más comunitaria.
Esta variedad no es casual. Desde hace años, el Gobierno de Canarias mantiene una estrategia explícita para posicionar el archipiélago como uno de los mejores destinos del mundo para el teletrabajo, apostando por un segmento turístico que, históricamente, tiende a gastar más que la media y a repartirse mejor a lo largo del año frente al turismo de sol y playa tradicional. La colaboración entre Turismo de Canarias y plataformas internacionales como Airbnb, dentro de la campaña "Live and Work Anywhere", forma parte de este esfuerzo de varios años.
Con septiembre acercándose —tradicionalmente un mes de reinicio para muchos profesionales que reorganizan su vida tras el verano—, crece también la atención mediática y turística hacia la oferta de espacios dedicados. De la investigación realizada para este artículo no se desprende, por el momento, el anuncio oficial de un gran nuevo hub que abra en septiembre de 2026: lo que sí queda claro es un ecosistema ya maduro y en expansión orgánica, isla por isla, impulsado a menudo más por iniciativas privadas que por grandes proyectos institucionales.
Queda una pregunta abierta, y no menor: hasta qué punto este modelo de crecimiento, hecho de pequeños espacios repartidos por el territorio, resiste frente al aumento de la demanda de vivienda en las mismas zonas donde se concentran nómadas digitales y residentes locales, un tema que en los últimos días ya ha encontrado espacio en otros medios vinculados al archipiélago y que merecerá un análisis específico en las próximas semanas.