Son las ocho de la mañana en la planta cero del Hotel Cristina by Tigotán y las primeras mesas ya se llenan de portátiles, tazas de café y auriculares. Fuera, a pocos metros, las olas de la playa de Las Canteras rompen en la arena. Dentro, alguien cierra una videollamada con un cliente en Berlín mientras otra persona prepara una presentación para un huso horario que en Nueva York todavía duerme. Es el Tigotán Hub Cowork & Sand, 1.800 metros cuadrados dentro de un hotel de Las Palmas de Gran Canaria que se ha convertido, en los últimos años, en uno de los referentes para quien trabaja en remoto en el archipiélago.
El modelo es sencillo, aunque poco habitual para una oficina. El puesto compartido, o hot desk, cuesta 180 euros al mes e incluye dos horas semanales de sala de reuniones, veinte copias gratuitas y una taquilla personal. Quien busca más privacidad puede optar por un despacho privado de 20 metros cuadrados, hasta 875 euros mensuales para ocho personas, o pedir un espacio a medida entre los 1.400 metros cuadrados disponibles. A todo esto se suman los servicios del hotel de cinco estrellas del que forma parte el coworking: piscina climatizada, gimnasio, aparcamiento de bicicletas, descuentos en restauración y tarifas preferentes en habitaciones para quien decide quedarse a dormir allí.
Las Palmas no es un caso aislado. La ciudad se describe, entre quienes se dedican al trabajo remoto, como uno de los hubs casi permanentes de nómadas digitales en Europa, con encuentros, intercambios de habilidades y eventos que se renuevan constantemente. Según algunas guías especializadas, quien se traslada aquí para trabajar calcula un gasto medio de entre 1.200 y 2.000 euros mensuales con alojamiento incluido, mientras que un puesto de coworking, cuando no viene ya incluido en el coliving, ronda entre 80 y 150 euros al mes: cifras que hacen de Canarias un destino más accesible que muchas ciudades del norte de Europa, sin dejar de ser territorio de la Unión con el euro como moneda.
No es la única infraestructura de este tipo en el archipiélago. En Tenerife funcionan desde hace tiempo espacios como Cactus Coliving, instalado en un edificio canario restaurado de trescientos años, o los espacios de Maraya y Taoro Coliving & Coworking en el norte de la isla. En Lanzarote, la Cámara de Comercio gestiona un coworking digital público financiado con más de medio millón de euros a través de fondos FEDER y la Fundación Incyde, pensado más para empresas y startups del territorio que para nómadas propiamente dichos. Es un ecosistema surgido de iniciativas tanto privadas como públicas, que comparte sin embargo un mismo objetivo: retener en las islas a profesionales que hasta hace pocos años elegían casi siempre otros destinos del Mediterráneo o del sudeste asiático.
El marco normativo, por su parte, se ha aclarado. El visado para nómadas digitales, introducido con la ley española de startups, permite a profesionales autónomos y empleados extranjeros residir en el país trabajando para empleadores en el exterior, con un régimen fiscal reducido durante los primeros años. Queda, sin embargo, un asunto abierto: la convivencia con una población local que ya lidia con el encarecimiento de la vivienda. Nómadas digitales y turistas de larga estancia aparecen cada vez con más frecuencia en el debate sobre la presión habitacional en las islas. El Tigotán Hub, con su fórmula que une oficina y hotel, muestra cómo el sector hotelero intenta captar esta demanda reconvirtiendo espacios ya turísticos en lugar de restar vivienda al mercado residencial. Si basta para calmar esa tensión es otra cuestión, que los próximos meses de temporada baja pondrán a prueba.