Durante hora y media, toda la electricidad que necesita La Palma podría salir de aquí. Es la medida que eligió el director de DISA Energía, Santiago Rull Cullen, para explicar qué representa la instalación de Arico, en el sur de Tenerife, inaugurada el pasado 17 de julio ante el consejero de Transición Ecológica y Energía, Mariano Hernández Zapata.
No es una cifra enorme, en términos absolutos. Pero es la señal de una capacidad que hasta hace poco a Canarias le faltaba casi por completo: la de guardar la energía del sol en lugar de dejarla escapar en las horas en que no se necesita.
La instalación combina una planta fotovoltaica de 8 megavatios con un sistema de baterías de 8 megavatios hora, hasta alcanzar una potencia total de 16 megavatios. Es, a día de hoy, la mayor infraestructura de almacenamiento energético del archipiélago, levantada con dos millones de euros de los fondos europeos Next Generation. Zapata lo resumió sin rodeos: a Canarias ya no le basta con instalar más paneles, hay que aprender a guardar lo que se produce para usarlo cuando el sistema lo exige.
La razón por la que esa frase pesa más de lo que parece está en una comparación incómoda. Mientras la media nacional española de penetración renovable ya ronda el 50%, el archipiélago canario apenas supera el 20%. La distancia respecto a la red eléctrica peninsular y la fragmentación entre islas, cada una con su propio sistema energético aislado, convierten el almacenamiento no en un detalle técnico sino en el verdadero cuello de botella de la transición.
Arico, desde el punto de vista técnico, funciona como un pulmón: absorbe el exceso de energía solar durante las horas centrales del día, cuando la producción fotovoltaica supera la demanda, y la devuelve en los momentos de mayor consumo, evitando que esa energía se pierda o que el sistema tenga que apoyarse en combustibles fósiles para compensar los desequilibrios. Es el mismo principio, explican desde el Gobierno regional, en el que se apoyarán los próximos proyectos previstos para La Palma, donde se estudian tanto nuevas baterías como centrales hidroeléctricas de bombeo.
Hay un detalle que el Gobierno canario ha querido subrayar por encima de los demás: la instalación se ha construido sobre un terreno ya degradado, sin ocupar nuevo suelo de valor natural. En un archipiélago donde cada metro cuadrado de terreno virgen es motivo de discusión, tanto por razones ambientales como por la presión de la construcción turística, que una nueva infraestructura energética haya optado por recuperar un espacio ya comprometido, en lugar de consumir uno nuevo, no es un detalle menor en el modelo que las autoridades dicen querer replicar en otras islas.
Queda por ver con qué rapidez se mueven los siguientes pasos. El Gobierno regional ha hablado de nuevas baterías y centrales de bombeo en marcha para La Palma, aunque sin fijar todavía una fecha. Si los fondos europeos siguen llegando y las empresas responden con la misma celeridad mostrada en Arico, Canarias podría acortar en menos de una década la distancia que hoy la separa de Baleares, la referencia más cercana entre los sistemas energéticos insulares españoles. Si, por el contrario, el ritmo se detiene en esta primera instalación, Arico quedará como un caso aislado, bueno para una nota de prensa pero insuficiente para cambiar las cifras de un archipiélago que sigue importando la mayor parte de su energía en forma de petróleo.