Compre un portátil de 600 dólares en 2026 y, a simple vista, parecerá idéntico al modelo del año pasado. Pero al abrirlo aparece a menudo una sorpresa menos agradable: una pantalla más barata y 8 gigabytes de RAM en lugar de los 16 a los que estábamos acostumbrados al mismo precio. No es un caso aislado, y no tiene nada de casual.
En el primer trimestre de 2026, los precios contractuales de la memoria DRAM convencional subieron entre un 90% y un 95% respecto al último trimestre de 2025, según datos recopilados por la firma de análisis de mercado TrendForce, que prevé para el segundo trimestre otra subida de entre el 58% y el 63%. Cifras que, traducidas a productos concretos, significan que el precio medio de venta de los smartphones podría subir un 6,9% a lo largo de 2026, mientras que la memoria LPDDR5X, usada tanto en móviles de gama alta como en algunos servidores de IA, podría llegar a costar entre un 78% y un 83% más trimestre a trimestre.
La causa es una sola, y no es ningún misterio para quien sigue el sector: tres empresas, Samsung, SK Hynix y Micron, controlan en torno al 90% de la producción mundial de DRAM, y en los últimos dos años han desviado una proporción creciente de esa producción hacia los chips de memoria de alta capacidad que demandan los centros de datos de inteligencia artificial. Según las estimaciones más recientes, estos centros de datos absorberán en torno al 70% de toda la producción mundial de memoria en 2026, frente a una cuota que rondaba el 20-30% apenas en 2022. Lo que queda para el mercado de consumo, sencillamente, se ha reducido, y el precio se ha ajustado en consecuencia.
El efecto en cadena llega a cualquier producto con un chip de memoria: tarjetas gráficas, SSD, ordenadores de sobremesa, smartphones, consolas de videojuegos. Algunos fabricantes están reaccionando en silencio, reduciendo la cantidad de RAM instalada de serie en los modelos de entrada mientras mantienen el mismo precio de venta, otros empiezan a avisar abiertamente a los consumidores de que vienen subidas. Para quienes trabajan en el sector, el problema no es tanto la fase actual, ya dolorosa, como su duración: las nuevas plantas de producción de memoria tardan años en construirse y ponerse a pleno rendimiento, lo que significa que un desequilibrio estructural entre la demanda de la IA y la oferta industrial difícilmente se resolverá en pocos meses.
Queda por ver quién acabará pagando la factura de verdad. Las grandes tecnológicas pueden absorber en parte los costes más altos con tal de asegurarse el suministro necesario para construir sus propios modelos de inteligencia artificial. Los consumidores que compren un portátil o una consola en los próximos meses, mucho más difícilmente.