En Fuerteventura no todas las playas son iguales, aunque lo parezcan desde un satélite. Algunas aguantan decenas de coches aparcados sobre tierra sin que la duna de detrás se inmute. Otras, calas estrechas encajadas entre acantilados, se saturan con un puñado de sombrillas. Un equipo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria ha puesto números concretos a esta intuición, estudiando 24 playas naturales de la costa norte de la isla, en el municipio de La Oliva.
El trabajo nace dentro del Plan de Restauración de la Costa Norte de Fuerteventura, que ya había detectado un problema práctico: faltaban herramientas objetivas para decidir cuántos aparcamientos construir, dónde y con qué límites. Los investigadores del grupo Geografía, Medio Ambiente y Tecnologías de la Información Geográfica, adscrito al Instituto de Oceanografía y Cambio Global de la ULPGC, calcularon tres niveles de capacidad de carga para cada playa.
El primero es el físico, según el tipo de sustrato: una playa arenosa absorbe más personas por metro cuadrado que una rocosa. El segundo, la capacidad de carga real, añade variables que complican el panorama. El viento, por ejemplo, es un factor paradójico: limita al bañista convencional pero resulta imprescindible para quienes practican windsurf o kitesurf, deportes muy presentes en esta costa. Las zonas de nidificación de aves protegidas, dentro de las ZEPA, imponen restricciones estacionales. Incluso la lluvia, aunque escasa, entra en el cálculo. El tercer nivel, la capacidad de carga efectiva, tiene en cuenta lo que realmente existe sobre el terreno: accesos, aparcamiento, aseos, socorrismo.
Los resultados dibujan una costa fragmentada: numerosas calas pequeñas con superficie útil limitada y muy pocas instalaciones permanentes, algo habitual en un espacio natural protegido. Esa combinación, más que el número absoluto de visitantes, es lo que realmente limita cuánta gente puede acoger la costa sin deteriorarse.
Entre las soluciones que plantean los investigadores figura el uso de sistemas de monitorización inteligente capaces de rastrear en tiempo real la ocupación de los aparcamientos, para poder redirigir a los visitantes hacia playas menos saturadas en los momentos de mayor afluencia. "Determinar la capacidad de carga turística no implica restringir el acceso, sino planificarlo", explica Eloy del Rosario Rodríguez, uno de los autores del estudio. "Se trata de convivir con la fauna y los hábitats frágiles de estos espacios, garantizando que sigamos disfrutando de nuestras playas sin comprometer su futuro."
El estudio, firmado también por la catedrática de Geografía Física Emma Pérez-Chacón Espino y el investigador Leví García Romero, se ha publicado en la revista Journal of Outdoor Recreation and Tourism. No se limita a Fuerteventura: según los autores, el método puede aplicarse a otras costas protegidas sometidas a fuerte presión turística, y en Canarias playas bajo presión sobran.