¿Qué le pasa a un archipiélago que ha apoyado buena parte de su agricultura en dos cultivos tropicales cuando las temperaturas siguen subiendo? Esa pregunta recorre un estudio de la Universidad de La Laguna (ULL), publicado en la revista Environmental Development y difundido a principios de agosto de 2026.
Lo dirige Juan Carlos Santamarta Cerezal, catedrático de Ingeniería Agroforestal, junto a la profesora Noelia Cruz Pérez. Forma parte de ARSINOE, un proyecto europeo de adaptación climática, y se apoyó en la metodología de los “Living Labs”: tres talleres con representantes de la agricultura, la gestión del agua, la administración, la ciencia y la sociedad civil. No fue un comité de expertos, sino una mesa donde se sentaron quienes trabajan la tierra y quienes deciden.
El punto de partida es la relación entre calor y disponibilidad de agua. Canarias depende mucho de monocultivos tropicales, sobre todo plátano y aguacate, y su vulnerabilidad a las altas temperaturas podría comprometer la producción futura. El estudio no aporta cifras de cuánto han subido las temperaturas ni de cuánta superficie ocupan ambos cultivos. Conviene decirlo: es un trabajo de orientación, no un balance numérico.
Las propuestas sí son concretas. Más reutilización de agua regenerada, sistemas de riego digitalizados y programas de formación para llevar el conocimiento científico a las explotaciones. Y más diversificación: según los autores, cultivos menos concentrados ayudarían a la biodiversidad y reducirían la huella hídrica, aunque hoy algunos incentivos económicos y normas lo ponen difícil.
Después viene la parte menos técnica. Las recomendaciones incluyen recuperar tierras abandonadas, reforzar la soberanía alimentaria, enseñar agricultura sostenible desde las primeras etapas educativas, facilitar el relevo generacional, reconocer el papel de las mujeres rurales y crear oportunidades profesionales en el sector primario. Los autores sostienen que “los factores humanos son tan importantes como los tecnológicos” y que las soluciones técnicas, por sí solas, no bastan.
El proyecto deja también una herramienta, la plataforma SICMA, que recibió el premio Chris Binnie, y una comunidad de práctica entre los participantes que, según los investigadores, puede dar lugar a nuevas colaboraciones.
Para quien cultiva, y para quien compra fruta local en las islas, el mensaje es menos abstracto de lo que parece. Una platanera no se muda y un aguacate tarda años en producir. Decidir ahora dónde se usa el agua regenerada, qué variedades se suman y quién formará a los jóvenes agricultores es decidir qué se cosechará en 2050, el horizonte que eligieron los participantes.
Falta por ver si incentivos y normas cambiarán al ritmo necesario. El estudio los señala como obstáculo, no como solución.