¿Por qué la Vía Láctea tiene la forma que tiene? Durante años, los astrónomos sospecharon que una fusión galáctica ocurrida en las primeras etapas de vida de nuestra galaxia había jugado un papel decisivo. Ahora, gracias a nuevas observaciones del telescopio espacial Hubble, esa teoría cuenta con pruebas mucho más sólidas que antes.
Un equipo de investigación analizó 39 cúmulos globulares, agrupaciones esféricas de estrellas muy antiguas, situados en los 20.000 años luz más internos de nuestra galaxia. Estudiando con precisión la edad y la metalicidad de cada cúmulo, es decir, la cantidad de elementos más pesados que el helio presentes en su interior, los investigadores identificaron una tercera población de cúmulos, distinta de las ya conocidas, en las regiones centrales de la Vía Láctea. Las características de esta población apuntan a un origen externo: se trata de estrellas que no nacieron en nuestra galaxia, sino que llegaron junto con una galaxia enana absorbida por la Vía Láctea en una fase muy temprana de su historia.
La fusión se remontaría a unos 11.800 millones de años atrás, apenas dos mil millones de años después del Big Bang, cuando la galaxia enana implicada contenía cerca de 500 millones de masas solares en estrellas. Un evento que, según los investigadores, influyó de forma significativa en la estructura del disco estelar de nuestra galaxia. El estudio, publicado en la revista Nature Astronomy, extiende el conocimiento científico de la historia de la Vía Láctea 1.800 millones de años más atrás en el tiempo de lo que se sabía hasta ahora.
Lo que hace posible este tipo de hallazgo es la combinación entre la sensibilidad de Hubble y los datos de posición y movimiento estelar recopilados por el satélite europeo Gaia, según lo reportado por la Agencia Espacial Europea. Es la misma combinación de instrumentos que, en los últimos años, ha permitido reconstruir con un detalle creciente la historia turbulenta y llena de colisiones de nuestra galaxia, un campo de investigación que sigue deparando sorpresas incluso décadas después del lanzamiento de Hubble, en 1990.
El hallazgo se suma a una línea de investigación especialmente activa en estos meses: en las mismas semanas, otros equipos internacionales han publicado observaciones del telescopio espacial James Webb sobre una nebulosa en la fase final de vida de una estrella similar al Sol, y los resultados de un nuevo telescopio chileno, MOTHRA, sobre la nebulosa Helix, donde se han identificado 22 ondas de choque generadas por la colisión entre los restos de una estrella moribunda y el gas interestelar circundante. Una señal de un momento especialmente fértil para la astrofísica observacional, impulsado por la creciente disponibilidad de instrumentos cada vez más sensibles y por la posibilidad de cruzar datos procedentes de distintas misiones.
Para quienes estudian la historia de nuestra galaxia, la confirmación de esta fusión ocurrida hace casi 12.000 millones de años no es un detalle de manual de astronomía, sino una pieza que ayuda a entender cómo se formaron las galaxias espirales como la nuestra, un proceso que los científicos siguen reconstruyendo pieza a pieza, cúmulo a cúmulo.