China apuesta por los robots humanoides para salvar su economía

Scritto il 17/07/2026
da Redacción

Caminan sobre dos piernas, manipulan componentes con dedos mecánicos, aprenden observando a los seres humanos. Los robots humanoides ya no son ciencia ficción: trabajan en las fábricas chinas, y Pekín ha decidido apostar por ellos con la determinación que siempre reserva a sus grandes desafíos nacionales. La motivación oficial, declarada abiertamente por los directivos industriales, es brutalmente pragmática: prepararse para la escasez de mano de obra provocada por el envejecimiento de la población.

Las previsiones de Naciones Unidas dibujan un panorama inquietante. La población china en edad de trabajar, entre 15 y 64 años, rozó los mil millones en la última década. Según las estimaciones de la ONU, en 2100 descenderá a apenas 300 millones. Una caída en picado que podría ahogar las ambiciones de Pekín de convertirse en la primera economía mundial. Ante este escenario, el Partido Comunista Chino ha encontrado una respuesta: la embodied AI, es decir, la inteligencia artificial encarnada en cuerpos robóticos capaces de moverse y actuar en el mundo físico.

Xi Jinping respalda esta revolución desde hace años. El último plan quinquenal del Partido lo menciona explícitamente, citando formas de colaboración hombre-máquina y el uso de inteligencia artificial en sectores con escasez de mano de obra y en entornos peligrosos. Los números confirman la tendencia: entre 2021 y 2024, China duplicó los robots instalados en sus fábricas, alcanzando los 2 millones, la cifra más alta del mundo según la International Federation of Robotics.

¿Pero dónde encaja realmente un robot humanoide en la cadena productiva? Los empresarios chinos que están probando estas tecnologías son claros: no en las tareas demasiado simples y repetitivas, donde los robots industriales clásicos siguen siendo superiores, ni en las demasiado complejas e impredecibles. Su espacio ideal está en el medio: trabajos de precisión artesanal, tareas que requieren adaptabilidad pero no creatividad, en esos departamentos donde cada vez menos jóvenes quieren trabajar.

El problema más urgente, sin embargo, no es mecánico sino digital. Para entrenar estos sistemas se necesitan decenas de millones de horas de datos sobre el movimiento humano. Para recopilarlos, algunas empresas distribuyen kits portátiles a los trabajadores de carne y hueso: guantes con sensores, cascos con cámaras. Los operarios se convierten así en los maestros involuntarios de las máquinas que podrían reemplazarlos.

Esta contradicción no ha pasado desapercibida. Las tensiones sociales ya afloran: en Shenzhen, los taxistas protestaron contra las nuevas normativas sobre taxis autónomos. Economistas como Kiu Xinchen señalan que la automatización está redistribuyendo la renta nacional a favor del capital y en detrimento del trabajo. En riesgo no están solo los migrantes de bajos ingresos, sino también los jóvenes universitarios urbanos, hijos únicos en quienes las familias chinas han invertido años y recursos.

La respuesta del sistema no es el freno, sino la reconversión. Nuevas universidades chinas han integrado cursos de embodied AI. Huawei y Xiaomi ofrecen puestos en el sector. JD.com ya ha firmado acuerdos con 120 instituciones educativas para transformar a los repartidores en técnicos de mantenimiento robótico. Pekín, atrapada en la competición tecnológica con Estados Unidos, no frenará por razones sociales. Gestionará las fricciones con el instrumento que mejor conoce: el control, acompañado de medidas de mitigación económica, mientras persigue la autosuficiencia tecnológica y el dominio manufacturero global.