A las nueve de la mañana, en una cafetería con vistas a Las Canteras, la mitad de las mesas están ocupadas por portátiles abiertos, auriculares y tazas de café que se enfrían despacio. Nadie mira al mar: están trabajando. Es una imagen ya habitual en Las Palmas de Gran Canaria, que en los últimos años se ha ganado fama de "capital" europea de los nómadas digitales gracias a una combinación que pocas ciudades pueden ofrecer: doce meses de clima suave, fibra óptica extendida, un aeropuerto internacional y, sobre todo, una densidad creciente de espacios de coworking y coliving —desde Cactus Coliving hasta Restation, pasando por Nine Coliving y Maraya en Tenerife.
Quien decide instalarse en Canarias para teletrabajar cuenta hoy con un camino más claro que hace unos años. El visado para nómadas digitales, pensado para trabajadores extracomunitarios, exige unos ingresos mínimos de aproximadamente 2.700 euros mensuales y permite permanecer hasta un año si se solicita desde el país de origen, o hasta tres años —renovables hasta cinco— si la solicitud se tramita directamente en España. El atractivo se completa con el régimen fiscal especial para impatriados, la conocida "ley Beckham", que permite tributar los rendimientos del trabajo a un tipo fijo del 24% sobre los primeros 600.000 euros, en lugar de las escalas ordinarias del IRPF.
Las cifras, aunque los últimos datos oficiales disponibles corresponden a 2022, siguen dando una idea de la magnitud del fenómeno: aquel año las Islas recibieron unas 86.000 personas catalogadas como nómadas digitales, que generaron una facturación estimada de 167 millones de euros, con estancias medias de en torno a 28 días —casi el triple que un turista convencional. Es un turismo que "se integra en el destino", como recuerdan desde hace tiempo las autoridades regionales, y que trae consigo un efecto nada menor: un consumo local prolongado, desde los mercados hasta el transporte, que a diferencia del turismo de corta estancia deja una huella más estable en la economía de los barrios.
Pero el crecimiento de esta comunidad no ocurre en el vacío. Se entrelaza —a veces de forma incómoda— con el debate, ya estructural en las Islas, sobre la presión habitacional y la capacidad de carga del territorio: más alquileres destinados a estancias de medio y largo plazo en divisa fuerte suponen, según varias asociaciones locales, menos vivienda accesible para los residentes. Las instituciones canarias, por su parte, siguen apostando por este segmento precisamente porque depende menos de la estacionalidad aérea que el turismo de sol y playa clásico, buscando además distribuir a los nómadas digitales hacia las islas menores —La Palma, El Hierro, La Gomera—, donde la llegada de población flotante puede ayudar a frenar la despoblación rural.
En el plano comunitario, la red de eventos específicos sigue creciendo: citas como Thriving Nomads, celebrada este año en Gran Canaria, o iniciativas como Pueblos Remotos, que conectan teletrabajo y revitalización de los pueblos, muestran que el fenómeno ya no es solo una cuestión de conexión a internet, sino un auténtico ecosistema social: desayunos comunitarios, sesiones de yoga, excursiones organizadas, grupos de networking que se reúnen cada semana en los mismos coworkings.
Para quien llega hoy a Canarias con la idea de trabajar unos meses mirando al océano, el reto ya no es encontrar una conexión fiable —eso, a estas alturas, se da casi por hecho—, sino encajar en un equilibrio local cada vez más delicado entre oportunidad económica y sostenibilidad social.