Irene renace gracias al golf. Sólo aquellos que tienen el verdadero don de la vida, pueden superar un golpe así

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Irene renace gracias al golf. Sólo aquellos que tienen el verdadero don de la vida, pueden superar un golpe así

Verona, 8 de la mañana, 10 de marzo de 2006. Lluvia, poca visibilidad, un coche que viene por la derecha y corta el paso. El chirrido de los frenos, el derrape del scooter, un golpe en el asfalto y luego la oscuridad. Y cuando despierta, entre tubos, placas vertebrales, drenajes pulmonares y puntos de sutura, la sentencia es definitiva: paraplejia. Y se pregunta: “Dentro de una semana tendré una importante competición de gimnasia artística, ¿podré participar?”.

Irene Soffiati, de 34 años, nunca participará en esa competición porque se rompió la espalda por culpa de un conductor que se dio a la fuga y que ni siquiera se detuvo a ayudarla. Su vida, hecha de gimnasia, títulos regionales y entrenamientos diarios, había terminado en ese camino resbaladizo y traidor. Sólo aquellos que tienen una fuerza extraordinaria, sólo aquellos que tienen el verdadero don de la vida, pueden superar un golpe así. E Irene tiene todo esto y mucho más en su interior. Sigue adelante con su vida. Se gradúa en Psicología, se casa con Benny y da a luz a sus dos maravillosos hijos, Leo y Malita. Nunca un momento de desánimo. Aquellos que la conocen dicen que siempre, siempre, tiene una sonrisa en su cara. Una de las más bonitas que se pueden observar. Porque esa luz interior no se apagará por un accidente… Su amor por el sol y el mar se ve reflejado en la realización de su sueño: vivir en Tenerife. Es por ello, por lo que juntos se trasladan ahí.

¿Qué es, entonces, lo que queda sin realizar, que se queda “parcial”? “El deporte. Prácticamente vivía en el gimnasio. Entrenaba todos los días, la gimnasia era mi vida. Después del accidente, siempre me negué a practicar deportes ‘adaptados’: respetaba a los que lo hacían, pero no me veía haciéndolo. Estaba segura de que no volvería a hacer deporte en mi vida”, nos cuenta Irene.

¿Y luego qué pasó? “Cuando llegamos a Tenerife, mi hijo Leo, que entonces tenía cinco años, empezó a jugar al golf. Entonces el virus del golf contagió a mi marido y empecé a sentir un tirón…”. Irene empieza a mirar los hierros y las bolas…. “¿Y si intento pegar desde la silla?” Esa pregunta en realidad es mucho más: “Empecé casi en secreto porque me daba vergüenza. La verdad es que me atrapó inmediatamente. Entonces, uno de los instructores de Leo, Francisco Paco Cea, un golfista de nivel europeo con varias apariciones y colocaciones en el Tour Europeo, se acercó a mí y comenzó a seguirme, muy discretamente. Me cortó los hierros, me construyó tees especiales… empezamos a entrenar juntos y perdí completamente la cabeza por este deporte”.

Pero Irene, como deportista competitiva, no se conforma: quiere jugar al golf en igualdad de condiciones con los demás jugadores. Y sólo hay una solución: Paragolfer, una pieza mágica de tecnología, una silla capaz de ponerte en posición vertical con la inclinación correcta para tirar como cualquier otro, con dos motores capaces de llevarte a todos los rincones de un campo de golf, bunkers incluidos. “Nueva cuesta una locura, casi 25.000 euros, de segunda mano 15.000. No teníamos esa cantidad de dinero y no pudimos encontrar a nadie dispuesto a ayudarnos. Los únicos que nos respondieron fueron los de la Federación Canaria de Golf, que desde el principio nos dijeron que nos ayudarían económicamente. Entonces, por casualidad, se enteraron de que el hotel Mar y Sol de Los Cristianos, un establecimiento totalmente equipado para alojar a personas con discapacidad, poseía una y estaban dispuestos a venderla: “Me hicieron un precio muy amigable, pedimos un préstamo y lo compramos. Desde ese día, hace un mes, mi vida ha cambiado, ha empezado una ‘tercera’ vida: entreno cada día en Amarilla Golf, me siento renacer y quiero recuperar todo el tiempo deportivo que perdí”, confiesa Irene.

de la redacción

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