Los NFT introdujeron el arte digital en un lenguaje técnico nuevo: el de la blockchain como registro de procedencia y titularidad del token. Esta distinción es crucial: comprar un NFT no significa adquirir automáticamente los derechos de autor sobre la obra, a menos que esté expresamente previsto. La OMPI lo deja claro con una posición muy firme, precisamente porque gran parte de las obras intercambiadas está protegida por derechos de autor y porque los compradores suelen confundir "posesión del token" y "derechos sobre la obra".
El caso real que marcó el imaginario colectivo es la subasta de Christie's: "EVERYDAYS: THE FIRST 5000 DAYS" de Beeple alcanzó los 69.346.250 dólares (11 de marzo de 2021). Ese evento demostró que el mercado estaba dispuesto a reconocer un valor económico "de arte elevado" a una obra nativa digital, pero también encendió dinámicas especulativas que en los meses siguientes produjeron una expansión rápida y luego una contracción.
Si se busca un ejemplo museístico europeo concreto, el caso de los Uffizi es uno de los más útiles precisamente porque muestra oportunidades y riesgos. El NFT vinculado al "Tondo Doni" de Miguel Ángel se vendió por 240.000 euros, pero según reconstrucciones y documentación recogidas por The Art Newspaper, los ingresos para la Galería habrían sido de unos 70.000 euros, generando un debate público sobre el reparto económico y el control de las reproducciones digitales. Es un caso real perfecto para explicar que la innovación no es solo tecnología: es gobernanza, contratos, derechos, transparencia y capacidad de negociar con intermediarios digitales.
Otra evolución concreta atañe a la sostenibilidad. El debate sobre el impacto energético de los NFT era muy intenso cuando muchas transacciones estaban asociadas a blockchains de prueba de trabajo. Tras "The Merge" del 15 de septiembre de 2022, Ethereum pasó a prueba de participación, y un informe del EU Blockchain Observatory and Forum recoge una reducción de la energía del orden del 99,98% tras la fusión. Esto no elimina todas las cuestiones medioambientales, pero cambia el panorama: parte de la crítica inicial debe actualizarse, distinguiendo entre redes, mecanismos de consenso y prácticas reales.
Hoy, por tanto, el arte digital y los NFT atraviesan una fase más selectiva: menos "fiebre por el flipping", más atención a los derechos, la sostenibilidad, la reputación de las instituciones y la solidez cultural de los proyectos. Quien escribe sobre NFT de forma creíble debe siempre conjugar estética, derecho e infraestructura tecnológica.

