El 2026 se anuncia, según el think tank Eurasia Group, como un «año de inflexión geopolítica crucial». No por la explosión de un único conflicto, sino por la convergencia simultánea de crisis estructurales —económicas, geopolíticas, demográficas y sistémicas— que están desarticulando el orden internacional construido después de 1945. El mundo ya no es un sistema en equilibrio inestable: es un sistema en transición desordenada, en el que las reglas del pasado continúan existiendo formalmente mientras son eludidas, vaciadas o reinterpretadas en la práctica cotidiana.
El 2025 hizo explícitas dinámicas ya en curso desde hacía tiempo: la crisis estratégico-identitaria de los Estados Unidos, el progresivo colapso del orden internacional basado en normas, el regreso de la política de poder y la iniciativa revisionista de algunas potencias regionales. El de 2026 es un mundo donde el riesgo tiende a configurarse como factor estructural, ya no como excepción.
La tríada de las grandes potencias: EE.UU., China, Rusia
El eje central de la competición del siglo XXI sigue siendo el de Estados Unidos y China. Tecnología, comercio, influencia geopolítica y seguridad militar son los terrenos en los que Washington y Pekín miden su fuerza. El regreso de Trump —con sus imprevisibles virajes en política exterior y su concepción personalista del poder— añade un elemento de inestabilidad estructural al escenario internacional.
El inicio de 2026 ha ofrecido una imagen significativa de la centralidad china: Pekín recibió una secuencia de visitas diplomáticas de alto nivel por parte de gobiernos con orientaciones políticas muy diversas. El primer ministro canadiense Mark Carney (primera visita de un premier canadiense a China en los últimos ocho años), el primer ministro británico Keir Starmer y una serie de otros líderes europeos buscaron en China mercados, estabilidad e interlocución estratégica. Las inversiones manufactureras surcoreanas en China crecieron un 14,1%, las canadienses en alta tecnología un 11,7% y las finlandesas un 21,7%.
Según Linkiesta, los escenarios más probables para el futuro próximo son tres: la creación de esferas de influencia en coexistencia al estilo de la Guerra Fría; la formación de un G-2 EE.UU.-China como árbitros del sistema internacional; o bien —el peor escenario— una fragmentación incontrolada del sistema multilateral, con Europa en los márgenes del gran juego global.
«En nuestra vida nunca habíamos visto a un presidente estadounidense tan decidido y tan capaz de cambiar el sistema político y, en consecuencia, el papel de los Estados Unidos en el mundo.» — Eurasia Group, enero 2026
Europa en la tormenta
La Unión Europea representa uno de los eslabones más frágiles de la cadena geopolítica de 2026. Dependiente energética, financiera y militarmente, Europa tiene dificultades para definir una estrategia autónoma en un contexto en el que Washington muestra una propensión creciente al descompromiso multilateral. El centro político europeo está colapsando simultáneamente en Francia, Alemania y el Reino Unido: gobiernos impopulares, paralizados por impulsos populistas y, paradójicamente, expuestos a las interferencias de la administración estadounidense que «apoya abiertamente su colapso», como ha denunciado Eurasia Group.
En este escenario, la autosuficiencia en sectores estratégicos —inteligencia artificial, cadenas de valor de los semiconductores, seguridad energética, rutas comerciales marítimas— se ha convertido no solo en un objetivo industrial, sino en una palanca de influencia geopolítica. Quien controla estos recursos ya tiene una ventaja decisiva en el sistema internacional en formación.
Conflictos abiertos y nuevas formas de guerra
El prolongado desarrollo de las crisis en Ucrania y en Oriente Medio ha dejado claro que la guerra ya no puede considerarse una excepción en la Historia, sino un instrumento recurrente de regulación de los equilibrios cuando el compromiso político fracasa. El mundo cuenta hoy con cerca de 60 conflictos activos, el número más alto desde la Segunda Guerra Mundial. Junto a los conflictos armados tradicionales, se multiplican las formas de «guerra híbrida»: operaciones informáticas, manipulación de la información, uso estratégico de las dependencias energéticas, presión económica mediante aranceles y tarifas.
Emerge también una nueva dimensión de conflictividad: la escasez de recursos hídricos. Desde el valle del Indo hasta la cuenca del Nilo y el Sahel, el control de las aguas transfronterizas se convierte en instrumento de presión política o palanca militar. En ausencia de una gobernanza global adecuada, cada sequía corre el riesgo de convertirse en detonante de conflictos violentos.
El Sur Global y la multipolaridad emergente
El bloque de los BRICS, ampliado en 2024 con nuevos miembros, está ganando peso en la política internacional, con el objetivo explícito de reducir la dependencia del dólar estadounidense y construir nuevas alianzas económicas basadas en intercambios en monedas locales. India ocupa un lugar cada vez más central en la geopolítica global, equilibrando con habilidad sus relaciones con Occidente y Oriente. África emerge como campo de competición entre China, EE.UU. y Europa por infraestructuras y recursos naturales.
Navegar la incertidumbre estructural
2026 no es solo un año crítico: es una prueba de fuego para el orden global del siglo XXI. Quien sepa gestionar la transición, mantener la cohesión interna y adaptarse a un mundo multipolar tendrá una ventaja decisiva. El próximo orden global será, en palabras de Eurasia Group, «más rápido, más caótico y más difícil de navegar y comprender». Pero podría, solo podría, reflejar mejor los valores y las necesidades de los miles de millones de seres humanos que habitan el planeta. Comprender estos equilibrios no es un ejercicio académico: es una condición necesaria para interpretar las dinámicas económicas, políticas y sociales del presente.

