En 2026 la competencia en inteligencia artificial entra en una fase decididamente industrial. La ventaja competitiva ya no se juega únicamente en los modelos lingüísticos, sino en la capacidad de controlar chips, infraestructuras de cómputo, redes y normas de gobernanza. La señal más clara llegó a mediados de febrero con el anuncio de un acuerdo plurianual y multigeneracional entre Meta y Nvidia.
Meta se comprometió a desplegar millones de GPU Blackwell y Rubin, junto con CPU Grace y la tecnología de red Spectrum-X, para alimentar sus centros de datos de nueva generación. No se trata de un simple suministro: las dos empresas están codiseñando toda la arquitectura de infraestructura, desde el silicio hasta las redes y el diseño de los centros de datos.
El acuerdo se enmarca en una estrategia de inversión sin precedentes. Meta anunció para 2026 un gasto de capital de entre 115 y 135 mil millones de dólares. A esto se suma un segundo acuerdo con AMD para el suministro de GPU MI450 en servidores rack Helios de hasta 6 gigavatios de potencia, acompañado de un warrant que permitiría a Meta adquirir aproximadamente el 10% de las acciones de AMD.
El panorama general muestra un sector que en 2026 invertirá cerca de 650 mil millones de dólares en infraestructuras de IA. Los principales hyperscalers —Amazon, Microsoft, Google y Meta— ya han planificado más de 300 mil millones de dólares de capex anual. Nvidia sigue siendo el proveedor dominante, con 99 mil millones de dólares en ingresos en los últimos cuatro trimestres y márgenes superiores al 50%, pero la diversificación hacia AMD y chips propios indica las primeras grietas en el monopolio de las GPU.
Paralelamente crece la atención a la seguridad: OpenAI y Microsoft se han adherido a la coalición británica para la seguridad de los sistemas de IA avanzados, apuntando a estándares de evaluación inspirados en la aviación civil y la ciberseguridad.

