En las Islas Canarias la fiesta no es simplemente un evento en el calendario, sino un lenguaje colectivo, una forma de contar la historia del archipiélago a través de música, vestimentas y rituales transmitidos de generación en generación. Cada pueblo tiene su propia celebración, cada isla su propio carácter.
A lo largo del año, el calendario del archipiélago está salpicado de cientos de fiestas populares, muchas de las cuales tienen raíces antiguas: algunas derivan de tradiciones religiosas traídas por los conquistadores españoles en el siglo XV; otras reflejan la influencia cultural de América Latina, con la que Canarias ha mantenido históricamente una relación intensa, hecha de emigración, retorno e intercambio. El resultado es un mosaico cultural difícil de encontrar en otro lugar del panorama europeo.
El carnaval que resistió a la dictadura
Entre las celebraciones más famosas de Canarias destaca el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, que los historiadores sitúan a comienzos del siglo XVII. Los primeros documentos escritos específicos datan de finales del siglo XVIII: en 1778 el diario de Lope Antonio de la Guerra Peña menciona un baile con comparsas en la capital tinerfeña. En 1783 un bando del Corregidor prohibía el uso de máscaras, pero en la práctica nunca se respetó. El evento ya tenía una fuerza irresistible.
A lo largo del siglo XIX se consolidan las formas modernas de la fiesta: aparecen las rondallas por primera vez en 1891, luego las comparsas, las estudiantinas y las murgas, grupos callejeros que mezclan sátira y música. En 1925 el Ayuntamiento realiza el primer programa oficial de festejos. Durante las dictaduras de Primo de Rivera primero y de Franco después, el Carnaval fue rebautizado con el eufemismo de “Fiestas de Invierno” para eludir las prohibiciones de las autoridades. Sin embargo, Santa Cruz de Tenerife siguió siendo uno de los pocos lugares de España donde la tradición continuó, incluso bajo esa denominación edulcorada.
Con el fin de la dictadura en 1976, el nombre Carnaval fue restituido oficialmente, y en 1980 la fiesta obtuvo el título de Fiesta de Interés Turístico Internacional. En 1987 se introdujo la temática anual del evento, y ese mismo año el concierto de Celia Cruz con la orquesta Billo’s Caracas Boys ante más de doscientas mil personas entró en el Guinness de los Récords como el mayor espectáculo en una plaza al aire libre. Hoy el carnaval atrae a unos dos millones de visitantes y está considerado el segundo del mundo después del de Río de Janeiro, ciudad con la que Santa Cruz de Tenerife está hermanada desde 1984.
La ceremonia más esperada es la elección de la Reina del Carnaval. Las candidatas desfilan con trajes monumentales diseñados por estilistas y artesanos que trabajan durante meses: estructuras metálicas, plumas y cristales que en algunos casos superan el centenar de kilos de peso. Un movimiento asociativo de casi diez mil personas hace posible cada año esta maquinaria organizativa que une teatro, moda e identidad colectiva. El Carnaval se cierra tradicionalmente el Miércoles de Ceniza con el Entierro de la Sardina, una procesión satírica en la que viudas de luto, interpretadas tradicionalmente por hombres vestidos de oscuro, acompañan una gigantesca sardina de cartón piedra hasta la hoguera. El rito, que se celebra desde el siglo XIX, simboliza el final de los excesos carnavalescos y el inicio de la Cuaresma.
Los Indianos: la gran fiesta blanca de La Palma
Si Tenerife celebra el carnaval con colores llamativos, la isla de La Palma ha desarrollado una tradición completamente original. El lunes de carnaval, las calles de la capital, Santa Cruz de La Palma, se llenan de personas vestidas de blanco. Es la fiesta de Los Indianos, una celebración que encuentra sus orígenes en la emigración del siglo XIX y comienzos del XX: miles de habitantes de la isla partían hacia Cuba y América Latina en busca de una vida mejor, llevando consigo tradiciones, lengua y sabores. Muchos regresaban años después con nuevas riquezas, vestidos con elegantes trajes coloniales de tonos pastel y con ese aire de quien se fue con poco y volvió acomodado.
La fiesta moderna nace en los años sesenta, cuando la familia Cabrera Santos, reunida en el Real Club Náutico de La Palma, decidió parodiar a esos emigrantes que regresaban de las Américas. Como recordó Manolo Cabrera, que en aquel entonces tenía solo nueve años, el razonamiento era sencillo: “Aquí todos tenemos parientes que fueron a Cuba o a Venezuela y luego regresaron”. La idea prendió de forma espontánea, sin convocatoria oficial. En los años ochenta, la mezcla entre la parodia del indiano y la tradición de lanzar talco —práctica documentada ya en el siglo XVII según la historiadora María Victoria Hernández, con raíces que algunos relacionan con rituales cubanos— dio origen a la Fiesta de los Indianos en la forma que hoy conocemos.
El momento más cargado de simbolismo es la llegada a la plaza de la Negra Tomasa, personaje que encarna a las sirvientas afrocubanas que los emigrantes traían consigo a su regreso. El papel lo interpreta desde hace décadas Víctor Lorenzo Díaz Molina, conocido en la isla como Sosó, premiado en 2018 por el Ayuntamiento con la Insignia de Oro. El alcalde de la capital, el cónsul de Cuba en Canarias y el concejal de fiestas descubren entonces la placa que por un día rebautiza la Plaza de España como Plaza de La Habana. El Ayuntamiento distribuye cinco mil bolsitas de talco entre los participantes, las calles se vuelven blancas en pocos minutos y la música cubana —guajiras, guarachas, guaguancós— marca el ritmo de una fiesta que multiplica por cuatro la población de la isla. Publicaciones como National Geographic y The Guardian han incluido el carnaval de La Palma entre los diez mejores de Europa.
La vestimenta es una parte esencial del rito: hombres con trajes de lino blanco, sombreros panameños y hebillas de oro; mujeres con pamelas adornadas con flores, abanicos, sombrillas y joyas. Accesorios como maletas cargadas de puros, billetes metidos en los bolsillos y ron completan la parodia del emigrante enriquecido. Como ha declarado Raquel de Paz, responsable del Laboratorio Municipal de Vestuario, “aquí no es que nos disfracemos; lo que hacemos es vestirnos para los Indianos”.
Las romerías: peregrinaciones que se convierten en fiesta colectiva
Otra tradición profundamente arraigada en Canarias es la de las romerías, peregrinaciones festivas dedicadas a los santos patronos de los pueblos. La palabra deriva del latín romaeus, el término usado para los peregrinos que se dirigían a Roma, y que luego se amplió para indicar cualquier procesión hacia un santuario o una ermita en zona rural. En Canarias esta forma ha desarrollado características propias, fusionando espiritualidad, tradición campesina, música popular y orgullo identitario en una celebración única.
Durante las romerías, carretas tiradas por bueyes y decoradas con flores y productos agrícolas recorren las calles, acompañadas por grupos musicales que tocan timple —instrumento de cuerda típico del archipiélago—, chácaras de madera o hueso, guitarras y percusión. Hombres y mujeres desfilan con trajes típicos de la isla, mientras las ofrendas de fruta, vino y dulces se reparten entre los presentes. Originalmente la celebración estaba reservada a las clases más acomodadas, que por un día vestían las ropas de los campesinos y daban gracias por los dones de la tierra. Con el tiempo las romerías se han convertido en fiestas populares abiertas a todos.
Algunas de estas celebraciones tienen una historia documentada que se remonta a los siglos XVI y XVII. La Romería de San Benito Abad en San Cristóbal de La Laguna, reconocida como Fiesta de Interés Turístico Nacional, tiene su origen en un voto colectivo de 1532, cuando Tenerife sufrió una gravísima sequía que puso en peligro la producción agrícola. La Romería del Socorro en Güímar está considerada la más antigua de Canarias. La romería de San Marcos en Tegueste, celebrada el domingo más cercano al 25 de abril, es uno de los momentos más esperados del año: carretas con semillas y granos, animales llevados en procesión, gofio y papas arrugadas repartidos a lo largo del recorrido. Las romerías no son simples conmemoraciones religiosas, sino ocasiones en las que el territorio expresa su memoria colectiva a través de cuerpos, vestimentas y sabores.

