Canarias es uno de los destinos turísticos más populares de Europa, con millones de visitantes cada año atraídos por el clima suave y las playas oceánicas. Pero más allá de los grandes resorts y de las localidades más conocidas existe un archipiélago distinto, hecho de lugares que aún conservan su naturaleza original.
El turismo de masas que caracteriza algunas zonas del archipiélago —las grandes estructuras hoteleras, las playas abarrotadas, los centros comerciales a poca distancia del océano— es solo una de las caras de Canarias. Quien se aleja de las rutas más transitadas descubre un territorio que todavía conserva el carácter de un archipiélago atlántico alejado de los itinerarios convencionales: volcanes silenciosos, costas de difícil acceso, paisajes lunares, pueblos donde la vida transcurre según ritmos que el turismo aún no ha modificado.
Porís de Candelaria: el pueblo dentro de la cueva
En la costa occidental de La Palma, en el municipio de Tijarafe, se encuentra uno de los lugares más singulares de todo el archipiélago: Porís de Candelaria. Este pequeño asentamiento está construido en el interior de una cueva natural de unos cincuenta metros de altura, abierta al océano Atlántico. La primera mención documentada del lugar se remonta a 1588, cuando una fuente histórica lo describe como un puerto natural con un pozo cercano que no se seca en verano, dos recursos valiosos que explican su uso milenario. Ya las poblaciones aborígenes de la isla conocían la cueva y la frecuentaban para la pesca.
Con la conquista castellana, Porís de Candelaria se convirtió en un punto de desembarco para quienes navegaban entre las islas y la península ibérica. Según fuentes históricas, en el siglo XVII la cueva servía de refugio a los pescadores durante las incursiones piratas, y el propio nombre —porís indica un puerto natural en esta área lingüística— cuenta su función originaria. Hace unos ochenta años los habitantes de Tijarafe empezaron a construir las pequeñas casas blancas con puertas y ventanas azules que hoy se intuyen encajadas en la roca: eran refugios de verano para escapar del calor de tierra firme.
Hoy Porís de Candelaria está habitado estacionalmente por familias que lo usan como segunda residencia. No hay restaurantes, no hay conexión estable a internet, no hay papeleras. Se llega a la cueva a pie por un sendero circular de unos diez kilómetros desde Tijarafe con un desnivel de 850 metros, en coche hasta un aparcamiento situado a unos diez minutos a pie, o en barco desde el puerto de Tazacorte. Llegar por mar permite ver la cueva desde el exterior, con las casitas blancas que emergen entre la roca y el océano, en lo que el artista canario César Manrique había llamado la Capilla Sixtina del Arte Moderno refiriéndose a la cercana Cueva Bonita. Contemplar una puesta de sol desde el interior del Porís de Candelaria, con la bóveda de la cueva enmarcando el océano, es una de las experiencias visualmente más intensas que la isla puede ofrecer.
Playa de Nogales: la playa que exige esfuerzo
También en La Palma, en la costa oriental de la isla, se encuentra Playa de Nogales, una playa de arena negra volcánica encajada entre altos acantilados basálticos. No es una playa accesible: para llegar hay que bajar por un sendero que atraviesa el acantilado con un desnivel importante, y eso la preserva de las aglomeraciones de las playas más cómodas del archipiélago. El contraste entre el negro intenso de la arena volcánica, el blanco de las olas y el verde de la vegetación que crece al pie de las paredes rocosas crea un paisaje que no se parece a las imágenes canónicas de la Canarias turística.
Las playas de arena negra son una de las manifestaciones más directas del origen volcánico de las islas. La arena proviene de la desintegración de las lavas basálticas que a lo largo de millones de años han construido el territorio del archipiélago desde el fondo del océano. En La Palma este proceso sigue en marcha: la erupción de 2021 que formó el volcán Tajogaite creó nuevas coladas de lava y amplió la línea de costa de la isla, añadiendo territorio virgen en el extremo meridional.
Lanzarote y el paisaje de Timanfaya
En la isla de Lanzarote, el Parque Nacional de Timanfaya ofrece uno de los escenarios geológicos más extremos de Europa. Aquí el terreno está enteramente cubierto por campos de lava, conos volcánicos y cráteres formados durante las grandes erupciones del siglo XVIII, que entre 1730 y 1736 sepultaron bajo metros de material volcánico un tercio de la superficie de la isla, destruyeron numerosos pueblos y obligaron a la población a emigrar. El paisaje resultante —sin vegetación, dominado por colores que van del ocre al rojo ferroso y al negro carbón— es tan alienígena que en el pasado se utilizó para entrenar astronautas en la simulación de entornos extraterrestres.
A pocos centímetros de profundidad, la temperatura del suelo en Timanfaya supera los doscientos grados centígrados. El calor geotérmico está tan cerca de la superficie que los guardas del parque pueden introducir un haz de rastrojo en un agujero del terreno y verlo arder en pocos segundos, o verter agua en una grieta y asistir a su transformación instantánea en vapor. Ese mismo calor se ha aprovechado para cocinar: el restaurante El Diablo, diseñado por el artista César Manrique, utiliza el calor volcánico directo como fuente de cocción. La idea de que el fuego del subsuelo siga tan presente y accesible es una de las experiencias cognitivamente más perturbadoras del archipiélago.
El stargazing: las estrellas sobre Canarias
Una de las experiencias más extraordinarias que Canarias puede ofrecer no tiene nada que ver con playas o volcanes: es la observación del cielo nocturno. Gracias a la posición geográfica, a la altitud de algunas zonas montañosas, a la ausencia de grandes aglomeraciones urbanas cercanas y a la casi total falta de contaminación lumínica, algunas áreas del archipiélago están consideradas entre las mejores del mundo para la astronomía.
En La Palma, la calidad del cielo está protegida por una ley específica que limita la iluminación artificial en las zonas montañosas, una normativa introducida precisamente para proteger este recurso natural que no puede deslocalizarse ni restaurarse una vez perdido. En la cima del Roque de los Muchachos, a más de 2.400 metros de altitud, se encuentra uno de los complejos de observatorios astronómicos internacionales más importantes. Investigadores procedentes de decenas de países trabajan allí de manera estable, estudiando fenómenos cósmicos, galaxias lejanas y la estructura del universo. El Gran Telescopio Canarias, instalado aquí en 2007, fue durante mucho tiempo el mayor telescopio óptico monolítico del mundo.
Para quien viaja sin equipamiento especializado, la simple observación a simple vista ya es una experiencia difícil de encontrar en otro lugar. En las noches despejadas, lejos de las luces de los núcleos habitados, la Vía Láctea cruza el cielo como un río luminoso visible a simple vista en toda su extensión, un espectáculo que la mayoría de las personas nacidas en ciudades europeas nunca ha tenido la oportunidad de contemplar. Es en ese momento, con el suelo volcánico bajo los pies y el cielo abierto sobre la cabeza, cuando Canarias revela una dimensión que ninguna postal es capaz de transmitir.

