El sol como recurso estratégico

Scritto il 18/03/2026
da Redacción

La transición energética suele presentarse como una necesidad ambiental, vinculada a la reducción de emisiones y a la lucha contra el cambio climático. En realidad, también es una transformación económica y política de gran alcance. Reducir la dependencia de los combustibles fósiles significa aumentar la autonomía energética, limitar la exposición a crisis geopolíticas y redefinir las relaciones de poder entre territorios y recursos. En este sentido, la transición energética está estrechamente vinculada a las estrategias de seguridad promovidas por la Unión Europea, especialmente tras las recientes inestabilidades de los mercados energéticos.

Entre las fuentes renovables, la energía solar ocupa una posición central. En las últimas dos décadas, el coste de los módulos fotovoltaicos ha disminuido drásticamente, mientras que la eficiencia tecnológica ha aumentado, haciendo que esta fuente sea cada vez más competitiva. Según la Agencia Internacional de la Energía, la energía fotovoltaica es actualmente la tecnología energética con mayor tasa de crecimiento a nivel global. Sin embargo, esta expansión no elimina las complejidades: la producción intermitente requiere sistemas de almacenamiento, redes inteligentes y una gestión más flexible de la demanda.

Desde el punto de vista social, la transición introduce un cambio profundo en el papel de los individuos. La difusión de instalaciones domésticas y comunidades energéticas permite a los ciudadanos convertirse en “prosumidores”, redefiniendo el modelo tradicional basado en grandes productores centralizados. Este cambio tiene implicaciones relevantes también en términos de equidad: no todos disponen de los mismos recursos para invertir en tecnologías renovables, y el riesgo es ampliar las desigualdades energéticas.

Junto a estos aspectos, emerge una dimensión cultural y psicológica. Las energías renovables suelen asociarse a un imaginario positivo, símbolo de progreso y sostenibilidad. Sin embargo, como señala la sociología ambiental, existe el riesgo de una narrativa excesivamente simplificada, que tiende a subestimar los costes, los tiempos y las resistencias sociales vinculadas a la transformación del sistema energético.

Las Islas Canarias representan un caso especialmente significativo para observar estas dinámicas en una escala reducida pero concreta. En 2024, el archipiélago alcanzó su máximo histórico de producción a partir de fuentes renovables, superando el 21% del total de la energía eléctrica generada. Este dato marca un progreso importante respecto al pasado, pero al mismo tiempo pone de manifiesto la distancia respecto a los objetivos de descarbonización: alrededor del 75–80% de la energía sigue procediendo de combustibles fósiles.

Esta dependencia está ligada a una característica estructural del territorio. Canarias no dispone de interconexiones eléctricas con el continente europeo y está formada por sistemas energéticos aislados. Cada isla debe gestionar de forma autónoma la producción, la distribución y la estabilidad de la red. Esto implica costes más elevados y una mayor complejidad en la gestión de las energías renovables, especialmente debido a su variabilidad.

En los últimos años, sin embargo, se ha producido un crecimiento significativo de la capacidad instalada de energías renovables. La energía eólica y la solar fotovoltaica son las principales protagonistas de este desarrollo. En algunas islas, como Gran Canaria y Tenerife, nuevas instalaciones han contribuido a aumentar la cuota de producción renovable, mientras que en otras se están experimentando modelos más avanzados de integración energética.

Un caso emblemático es el de la isla de El Hierro, donde el sistema Gorona del Viento combina energía eólica e hidroeléctrica mediante un mecanismo de bombeo. Esta instalación permite, en condiciones favorables, cubrir una gran parte de la demanda energética de la isla con fuentes renovables, llegando en algunos periodos a rozar la autosuficiencia. Se trata de un ejemplo concreto de cómo la integración de distintas tecnologías puede superar el problema de la intermitencia.

Junto a la producción, un papel clave lo desempeñan las infraestructuras y la gestión de la red. La ausencia de conexiones externas hace necesario mantener sistemas de respaldo basados en combustibles fósiles para garantizar la continuidad del servicio. Este es uno de los principales límites a una transición completa, evidenciando que el cambio no depende solo de la disponibilidad tecnológica, sino también de la capacidad de reorganizar todo el sistema energético.

Desde el punto de vista económico, la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles implica costes elevados y una fuerte exposición a las fluctuaciones de los precios internacionales. En este sentido, la expansión de las energías renovables no es solo una elección ambiental, sino una estrategia para aumentar la resiliencia del territorio.

Finalmente, la dimensión territorial adquiere un papel central. La condición insular, a menudo considerada un límite, se transforma en una oportunidad experimental. El tamaño relativamente reducido de los sistemas energéticos locales permite probar soluciones innovadoras, evaluar rápidamente sus efectos y adaptarlas a las particularidades del contexto.

Canarias se configura así como un laboratorio real de la transición energética: un lugar donde los desafíos globales —descarbonización, seguridad energética y equidad social— se entrelazan con condicionantes locales concretos. Esto demuestra que la transición no es un proceso lineal ni puramente tecnológico, sino una transformación compleja que implica infraestructuras, políticas públicas y comportamientos colectivos.