La inteligencia artificial suele presentarse como la pieza clave de la revolución digital, una tecnología que existiría “en el aire”. La realidad es otra: detrás de cada respuesta de ChatGPT o de cada imagen generada por Stable Diffusion se esconde un ecosistema físico de escala planetaria. Los data‑centers, verdaderos cerebros de hormigón y acero, ocupan amplias superficies, albergan miles de servidores y demandan sistemas de refrigeración ultra‑eficientes y fuentes de energía redundantes.
Su consumo energético ya representa alrededor del 2 % del consumo eléctrico mundial; las proyecciones más recientes indican que para 2035 esa proporción podría duplicarse. El cobre, por su excelente conductividad, constituye el conducto esencial de estos planteamientos, mientras que los semiconductores de última generación – GPU, ASIC y chips dedicados – requieren tierras raras, materiales críticos y gases industriales, lo que genera cadenas de suministro extremadamente complejas.
El crecimiento explosivo de la IA generativa, evidenciado por el millar de usuarios de ChatGPT que superó el millar de millones en apenas tres años, ha disparado la demanda de capacidad de cálculo a niveles sin precedentes, impulsando una nueva ola de requerimientos de energía, minerales y metales. “La energía, y no la potencia de cálculo, será el principal cuello de botella”, advirtió Mark Zuckerberg, subrayando que la electrificación es el verdadero motor de esta expansión.
En el plano geopolítico, la carrera por los chips ha convertido la rivalidad entre Estados Unidos y China en lo que los analistas describen como la “guerra de los semiconductores”. China, dominante en toda la cadena de valor de los metales, posee hoy una palanca estratégica que deja a las economías occidentales vulnerables. EE. UU. ha invertido más de 335 mil millones de dólares en proyectos vinculados a la IA en la última década; Pekín, por su parte, ha acelerado sus inversiones, convirtiendo a la IA en el nuevo campo de batalla global.
Esta dependencia de recursos físicos revela limitaciones estructurales: la puesta en marcha de nuevas minas lleva décadas y, según estimaciones, para 2035 solo el 70 % de la demanda de cobre podrá ser satisfecha. El resultado es un mercado de materias primas con una tendencia estructural alcista, aunque con alta volatilidad a corto plazo.
Gobiernos y empresas están, pues, apostando por diversificar sus cadenas de suministro, relocalizar la producción y reforzar el reciclaje de materiales críticos. Para los inversores, toda la cadena – desde la extracción hasta el refinado y el ciclo de vida de los componentes – ofrece oportunidades tangibles en un contexto de demanda creciente y oferta limitada.
Fuente: Benoît Harger, Portfolio Manager of the JSS Commodity Transition Enhanced Fund, J. Safra Sarasin

