Hay semanas en que los mercados financieros parecen caminar sobre el filo de una navaja, y esta es una de ellas. El barril de Brent ha superado los cien dólares tras el fracaso de las conversaciones entre las delegaciones de Irán y Estados Unidos en Islamabad, y sin embargo los inversores no han abandonado su apuesta por la normalización. La curva de futuros sigue en backwardation —es decir, los contratos a corto plazo cotizan por encima de los de largo plazo— lo que apunta a un regreso del crudo a la franja de ochenta a noventa dólares. Una señal de que el mercado todavía confía en la de-escalada.
No obstante, la incertidumbre tiene un coste que ya se empieza a notar en la vida cotidiana. En Estados Unidos el precio de la gasolina ha rebasado los cuatro dólares el galón, y el llamado crack spread —la diferencia entre el precio de venta al consumidor y el coste de la materia prima— se ha ampliado en mayor proporción que durante la crisis energética vinculada a Rusia, cuando la gasolina llegó a cinco dólares. Un nivel que ninguna administración americana puede ignorar con unas elecciones de medio mandato en el horizonte.
En Europa el escenario es preocupante por razones distintas. La Agencia Internacional de la Energía ha lanzado la voz de alarma: las reservas europeas de combustible de aviación —el jet fuel— cubren apenas entre cinco y seis semanas de consumo a los niveles actuales. No es una crisis declarada, pero el margen de seguridad es muy estrecho. A esto se suma una pérdida de confianza que frena tanto el consumo de los hogares como las decisiones de inversión de las empresas. China, en cambio, sigue sorprendiendo al alza, impulsada por un ciclo industrial y tecnológico en expansión que alimenta el crecimiento de los beneficios corporativos.
Los resultados empresariales son precisamente el ancla que sostiene los mercados de renta variable en este contexto. La temporada de resultados del primer trimestre está siendo positiva, con proyecciones que apuntan a revisiones al alza tanto en Estados Unidos como en Europa. El consenso del mercado maneja una cifra de crecimiento de los beneficios en la Zona Euro del diecinueve por ciento para 2026 y del trece para 2027, en línea con las estimaciones para el mercado americano. Esta semana cinco de las llamadas Siete Magníficas publicarán sus cuentas, y el mercado vigilará de cerca si la rentabilidad justifica el volumen extraordinario de inversiones en infraestructuras que estas compañías han comprometido.
En el frente monetario, las principales decisiones de la semana llegan desde los bancos centrales. La Reserva Federal celebra su última reunión bajo la presidencia de Jerome Powell y no moverá los tipos de interés, manteniendo una actitud de espera ante los riesgos de crecimiento y las presiones inflacionarias. La rueda de prensa estará cargada de preguntas sobre el futuro de Powell: si anuncia su salida, el mercado anticiparía la llegada de un gobernador más acomodante, con el efecto inmediato de una caída en los rendimientos de la deuda. La designación de Warsh parece cada vez más inminente.
Para el Banco Central Europeo la ecuación es más delicada. La Eurozona sufre el impacto asimétrico del encarecimiento energético: la inflación sube pero el crecimiento se resiente. Los tipos no cambiarán, pero todo el peso de la reunión recae sobre el tono de Christine Lagarde. Si se compromete explícitamente con una subida en junio, el mensaje será inequívoco. Los indicadores de confianza de los consumidores y los PMI empresariales están en declive, mientras los precios de la energía superan las últimas proyecciones del BCE. Un equilibrio frágil, en definitiva, que las próximas horas contribuirán a aclarar —o a complicar aún más.

