El cierre del Estrecho de Ormuz entre marzo y abril de 2026 no fue solamente una crisis energética. Fue una demostración clara de la fragilidad del mundo moderno. En pocas semanas, el bloqueo de uno de los corredores marítimos más importantes del planeta interrumpió el flujo de petróleo y gas natural licuado hacia Europa, Asia y África, provocando fuertes tensiones en los mercados internacionales y una subida inmediata de los precios energéticos.
Durante años, analistas y organismos internacionales advirtieron sobre el riesgo estratégico de depender de puntos tan sensibles para garantizar el suministro mundial. Sin embargo, la economía global continuó apostando por la eficiencia extrema, las cadenas de producción rápidas y la reducción constante de costes. La crisis de Ormuz ha demostrado que esa estrategia también tiene un precio elevado cuando aparece un conflicto geopolítico.
Hoy la palabra resiliencia ocupa el centro del debate económico. No se trata únicamente de energía. La producción farmacéutica mundial depende en gran medida de India y China, mientras que la infraestructura digital está concentrada en manos de pocas compañías tecnológicas. En tiempos normales estas dependencias pasan desapercibidas, pero cuando surge una crisis internacional, las debilidades se hacen visibles de inmediato.
La pandemia, la escasez global de semiconductores y ahora el conflicto energético han obligado a muchas empresas a replantear sus modelos productivos. Las industrias farmacéuticas europeas intentan recuperar parte de su capacidad industrial, mientras el sector automovilístico abandona progresivamente el modelo just-in-time para crear cadenas de suministro más flexibles.
El cambio climático añade otra dimensión a esta transformación. Sequías, incendios e inundaciones generan cada año pérdidas económicas millonarias y obligan a gobiernos e inversores a incorporar nuevos criterios de seguridad y adaptación. Cada vez más fondos valoran la capacidad de las empresas para resistir impactos climáticos y sociales además de sus beneficios financieros.
La resiliencia se ha convertido así en una nueva medida de estabilidad económica. Infraestructuras energéticas, redes eléctricas, logística, ciberseguridad y sistemas hídricos pasan a ser elementos fundamentales dentro de las estrategias de inversión globales.
Canarias sigue esta evolución con especial atención. La lejanía geográfica y la dependencia energética convierten al archipiélago en un territorio especialmente sensible a las crisis internacionales. Por eso las islas aceleran proyectos ligados a energías renovables, desalación, movilidad sostenible y digitalización.
La crisis del Estrecho de Ormuz ha dejado una lección evidente: el crecimiento económico ya no basta. En un mundo marcado por tensiones geopolíticas y riesgos climáticos, la verdadera fortaleza será la capacidad de resistir, adaptarse y continuar avanzando.

