En las fábricas textiles del norte de India, algo sutil y profundamente inquietante está ocurriendo a la vista de todos, sin que casi nadie hable de ello lo suficiente. Los operarios — hombres y mujeres que ganan menos de cinco euros al día — han comenzado a presentarse al trabajo con una pequeña cámara sujeta a la cabeza. La llevan mientras cosen, doblan, cortan telas durante horas. No están haciendo directos en redes sociales, no están documentando su vida por placer. Esos vídeos, grabados en silencio entre el ruido de las máquinas y el calor sofocante de los talleres, van directamente a los datasets de entrenamiento de los robots humanoides que algunas de las mayores empresas tecnológicas del mundo están desarrollando ahora mismo.
La noticia no procede de informes de ciencia ficción. Figure One, Tesla con su Optimus, y startups financiadas con miles de millones como Physical Intelligence están recopilando datos gestuales de trabajadores reales para enseñar a los robots los movimientos precisos de la manufactura. Según un análisis publicado por el MIT Technology Review en marzo de 2025, la recopilación de datos conductuales de trabajadores con bajos salarios en Asia meridional y el Sudeste Asiático se ha convertido en una de las fronteras más activas — y menos discutidas — del desarrollo de la inteligencia artificial incorporada, lo que los expertos denominan embodied AI. No se trata de enseñar a una máquina a reconocer una imagen. Se trata de transferir a un sistema artificial la memoria muscular de quien lleva veinte años en ese trabajo: la presión exacta sobre la tela, el ángulo de la muñeca al enhebrar la aguja, los pequeños ajustes instintivos que ningún manual podría jamás describir.
La paradoja es brutal en su simplicidad. Quien gana menos, quien tiene menos poder de negociación, quien no puede permitirse rechazar, está contribuyendo — con su propio cuerpo, con sus propios gestos — a construir la tecnología que podría hacerlo obsoleto. No es la inteligencia artificial quien nos sustituye de forma abstracta y lejana. Somos nosotros, con nuestras manos, quienes estamos proporcionando la materia prima más valiosa: el saber incorporado, ese que no se encuentra en los libros. El World Economic Forum, en su Future of Jobs Report 2025 publicado en enero de este año, estima que para 2030 más de 85 millones de puestos de trabajo manufactureros globales podrían ser automatizados, con un impacto desproporcionado en los países de renta media-baja donde la mano de obra barata ha sido hasta ahora la única ventaja competitiva.
La cuestión que permanece abierta — y que ninguna institución ha respondido aún de forma convincente — es qué ocurre después. ¿Qué harán estas personas cuando las fábricas ya no las necesiten? El debate sobre la renta básica universal regresa cíclicamente a los congresos y a los papers académicos, pero las políticas concretas siguen siendo escasas y fragmentadas. Finlandia experimentó modelos piloto, Kenya y Namibia realizaron ensayos limitados. Nadie ha encontrado aún una respuesta escalable para miles de millones de personas.
Hay algo profundamente ambivalente en todo esto. Por un lado, la idea de que seres humanos sean reducidos a bases de datos vivientes — pagados una miseria para entrenar a la máquina que los reemplazará — es una de las imágenes más distópicas que el capitalismo tecnológico ha producido hasta ahora. Por otro lado, si realmente algún día esos trabajos agotadores, repetitivos y físicamente devastadores desaparecen, algo dentro de nosotros querría que fuera una liberación. El problema es que liberación y desempleo, sin una red de protección adecuada, son lo mismo con nombres distintos. Y el tiempo para construir esa red se está agotando mucho más rápido de lo que los gobiernos parecen dispuestos a reconocer.

