Hay un término que en los últimos años ha entrado con fuerza en el vocabulario económico europeo: shrinkflation. Una palabra inglesa que surge de la unión de “shrink”, reducir, y “inflation”, inflación. Traducido de forma sencilla, significa pagar el mismo precio por recibir una cantidad menor de producto.
A primera vista podría parecer un fenómeno marginal, pero en la vida cotidiana de millones de consumidores europeos representa una realidad cada vez más frecuente. La Comisión Europea y diversas autoridades nacionales de protección al consumidor han llamado la atención en varias ocasiones sobre esta práctica, subrayando la importancia de la transparencia en la información comercial y de la correcta indicación del precio por unidad de medida.
La shrinkflation se produce cuando un fabricante decide reducir el contenido de un envase sin modificar de manera evidente el precio final. El paquete de galletas que contenía 500 gramos puede pasar a tener 450, la tableta de chocolate reducirse de 100 a 90 gramos, una bolsa de patatas fritas perder algunas decenas de gramos o un detergente ofrecer menos lavados que antes. En muchos casos el envase mantiene prácticamente el mismo aspecto y el consumidor, acostumbrado a reconocer el producto de un vistazo, puede no percatarse inmediatamente del cambio.
Imaginemos un ejemplo práctico. Una bolsa de aperitivos vendida a 2 euros contenía hasta hace poco 200 gramos de producto. Hoy, la misma bolsa, con un diseño muy similar, contiene 180 gramos. El precio permanece igual, pero el coste real por gramo aumenta. En otras palabras, el consumidor paga más sin ver una subida directa en la etiqueta del precio.
Según el Parlamento Europeo, esta práctica se ha vuelto especialmente visible durante los años marcados por una elevada inflación y por el aumento de los costes energéticos y de las materias primas. Muchas empresas han optado por reducir las cantidades para evitar incrementos de precio que pudieran desalentar las compras. Desde el punto de vista empresarial, se trata de una estrategia comercial legal siempre que toda la información obligatoria figure claramente en el etiquetado. El problema surge cuando el consumidor no logra percibir fácilmente la modificación.
Por esta razón, las instituciones europeas insisten en la importancia del precio por kilogramo o por litro que aparece en los lineales de los supermercados. Es precisamente este indicador el que permite comparar productos diferentes y comprender si el valor real de una compra ha cambiado con el tiempo.
En las Islas Canarias, el fenómeno adquiere características particulares. El archipiélago depende en gran medida de las importaciones procedentes de la España peninsular y del resto de Europa. Una gran parte de los alimentos envasados, los productos de higiene personal y los bienes de consumo diario llegan por vía marítima. A ello se suman los costes logísticos, el transporte y las fluctuaciones internacionales de las materias primas.
Cuando un producto importado reduce su cantidad, el efecto puede resultar aún más evidente para las familias canarias. En un territorio donde el coste de la vida ya está condicionado por la insularidad, comprar envases más pequeños manteniendo los mismos precios supone una reducción del poder adquisitivo real. Es una diferencia que a menudo solo se percibe al final del mes, cuando el carrito de la compra parece vaciarse más rápido de lo habitual.
El sector turístico tampoco es inmune. Hoteles, restaurantes, bares y establecimientos turísticos adquieren grandes volúmenes de productos envasados. Una reducción sistemática de los formatos puede traducirse en mayores costes operativos e influir indirectamente en los precios finales de los servicios ofrecidos a los visitantes.
La shrinkflation no es, por tanto, una simple curiosidad económica. Es un fenómeno que modifica los hábitos de consumo, afecta a los presupuestos familiares y obliga a los consumidores a prestar más atención a las etiquetas. En Canarias, como en el resto de Europa, la mejor defensa sigue siendo la información: comprobar el peso, comparar el precio por unidad de medida y recordar que, en ocasiones, la inflación no se esconde en el precio, sino en la cantidad que desaparece lentamente del envase.

