No hace falta viajar hasta los fiordos noruegos ni a las costas de Alaska para vivir un encuentro cercano con ballenas y delfines: basta con embarcar desde Puerto Colón, en Adeje, o desde el puerto deportivo de Los Gigantes, en Santiago del Teide, para encontrarse, en apenas treinta minutos de navegación, en pleno corazón de uno de los tramos de mar con mayor densidad de cetáceos del planeta. Se trata del canal que separa Tenerife de La Gomera, un corredor marino relativamente estrecho y profundo donde se han censado hasta 23 de las 80 especies de mamíferos marinos conocidas en todo el mundo.
Lo que hace único a este tramo de agua no es solo su variedad, sino la estabilidad de su presencia: se calcula que en el canal vive una población residente de más de 500 ejemplares de calderón tropical (calderón de aleta corta) y una cifra similar de delfines mulares, ambas especies observables prácticamente durante todo el año, verano incluido. Un dato que desmonta una idea muy extendida entre los visitantes: no hace falta esperar al invierno para tener buenas probabilidades de avistamiento, aunque es cierto que entre noviembre y mayo aumenta notablemente el número de especies de paso, con llegadas ocasionales de orcas, cachalotes y delfines comunes en tránsito hacia aguas más cálidas.
Esta concentración extraordinaria de vida marina no ha pasado desapercibida para la comunidad científica internacional: en enero de 2021, el área Tenerife-La Gomera obtuvo la certificación de Whale Heritage Site, un reconocimiento otorgado por la World Cetacean Alliance que premia a los destinos capaces de combinar la observación de cetáceos con un turismo realmente sostenible. Un título que conlleva responsabilidades concretas: las embarcaciones autorizadas deben cumplir protocolos estrictos de distancia, velocidad y comportamiento en presencia de los animales, para minimizar el estrés sobre las poblaciones silvestres.
Para quienes llevan tiempo viviendo en Canarias, o para quienes acaban de instalarse, la observación de cetáceos es una de las experiencias más auténticas que puede ofrecer el archipiélago, a menudo infravalorada frente a las playas o las rutas de senderismo. Las excursiones, de dos a tres horas de duración por lo general, tienen un coste medio de entre 50 y 70 euros por persona e incluyen en la mayoría de los casos la presencia de biólogos marinos a bordo, capaces de explicar comportamientos, dinámicas familiares y las amenazas que enfrentan estos animales, desde la contaminación acústica hasta el intenso tráfico marítimo de la zona.
Precisamente el tráfico marítimo sigue siendo uno de los temas más debatidos entre los operadores del sector y las asociaciones ambientalistas locales: la zona es también una de las rutas más transitadas del archipiélago para conexiones interinsulares y náutica de recreo, lo que hace todavía más importante elegir operadores certificados y respetuosos con los protocolos de aproximación, evitando las embarcaciones no autorizadas que en ocasiones se acercan demasiado a los animales para conseguir "la foto perfecta" a los turistas.
Para el verano de 2026, con una afluencia turística en crecimiento moderado respecto a los años del boom postpandemia, los operadores locales señalan una demanda estable y en parte creciente por parte de residentes extranjeros y familias canarias, señal de que la observación de cetáceos se está consolidando no solo como atractivo para el turista de paso, sino como actividad de ocio arraigada también entre quienes viven todo el año en Canarias. Una experiencia que, en el fondo, recuerda a residentes y visitantes lo extraordinario —y frágil— que es el ecosistema marino que rodea estas islas.

