Con el verano de 2026 ya en pleno apogeo, los datos del mercado laboral confirman lo que llevaba meses percibiéndose: Canarias está viviendo una de las campañas estivales más intensas de los últimos años. Entre junio y agosto se han registrado 61.260 nuevos contratos, con un crecimiento del 19% respecto al mismo periodo de 2025, un ritmo que duplica con holgura la media nacional española, que se sitúa en un también sólido +12%. Entre las comunidades autónomas, el archipiélago ocupa el segundo puesto en crecimiento relativo, solo superado por Castilla-La Mancha (+26%), aunque encabeza el ranking en cuanto al peso absoluto del sector turístico sobre la economía local.
No es un dato aislado: según cifras del Gobierno de Canarias, el turismo representa hoy el 37,7% del PIB regional y el 42,3% del empleo total del archipiélago, porcentajes que sitúan a Canarias entre los territorios europeos más dependientes de un único sector. La demanda de empleo se concentra, como cabía esperar, en los perfiles habituales de la hostelería —camareros, personal de cocina, limpieza de habitaciones—, pero también en sectores conexos como el comercio, el transporte y la logística de última milla, en fuerte expansión con el crecimiento de las compras online incluso en verano.
Un dato relevante tiene que ver con el tipo de contrato: el 41,7% de las contrataciones de la campaña de verano se ha formalizado mediante contratos fijos discontinuos, una fórmula que en los últimos años ha ido sustituyendo progresivamente a los contratos puramente estacionales, aportando mayor estabilidad a los trabajadores del sector turístico, que son llamados temporada tras temporada por el mismo empleador.
No todo es, sin embargo, crecimiento sin sombras. Los analistas y las propias instituciones regionales señalan que, tras años de crecimiento de dos dígitos en el periodo postpandemia, la economía canaria atraviesa ahora una fase de desaceleración más fisiológica: el primer trimestre de 2026 fue muy positivo gracias precisamente al tirón turístico, pero los datos de abril y mayo mostraron una caída en la ocupación hotelera por debajo de lo previsto. Entre las cuestiones más debatidas en los foros institucionales figuran el absentismo laboral —un fenómeno calificado como "verdaderamente importante" por las propias autoridades regionales, cuyas causas van desde posibles fraudes hasta largos tiempos de espera para pruebas médicas— y un "desajuste" más estructural entre crecimiento económico y desarrollo de infraestructuras, con carencias significativas en puertos, aeropuertos, carreteras y transporte público, que a menudo no logran seguir el ritmo de unos flujos turísticos récord.
Hay, no obstante, una señal de maduración del modelo económico canario que merece atención: junto al turismo tradicional, se está consolidando lo que algunos analistas describen como una "diversificación silenciosa" de la economía del archipiélago, con sectores como el audiovisual, el aeroespacial y las energías renovables ganando peso progresivamente, apoyados también en incentivos fiscales regionales orientados a atraer inversión más allá del turismo puro.
Para quienes viven y trabajan en Canarias, estas cifras se traducen en decisiones concretas: por un lado, un mercado laboral veraniego dinámico y con márgenes crecientes de estabilidad gracias a los contratos fijos discontinuos; por otro, la confirmación de que la dependencia del turismo sigue siendo un tema estructural pendiente de resolver, tanto para los trabajadores como para quienes diseñan políticas públicas a largo plazo. El reto para los próximos años, según señalan los propios responsables regionales, será transformar este crecimiento del empleo en estabilidad real, reduciendo la estacionalidad e invirtiendo con más decisión en las infraestructuras que sostienen todo el sistema.

