Viticultura heroica a la sombra del volcán: por qué el vino de Tenerife vuelve a estar en el mapa mundial

Scritto il 14/07/2026
da Redacción

Hay una isla en mitad del Atlántico donde el vino nunca ha dejado de ser una forma de leer el paisaje. Así quedó de manifiesto en junio en Puerto de la Cruz, durante la primera edición del Island Wines Summit, el congreso dedicado a los vinos insulares organizado por Vocento Gastronomía con el respaldo del Cabildo de Tenerife, que reunió a algunos de los nombres más influyentes de la enología mundial: el Master of Wine Fernando Mora, Josep Roca, Paz Levinson, Pascaline Lepeltier, Jamie Goode y François Chartier, entre otros.

El punto de partida ya impresiona: Tenerife reúne aproximadamente el 65% de la superficie vitícola de todo el archipiélago canario y conserva un patrimonio vegetal que en buena parte del continente desapareció hace mucho. Sus viñas se cultivan sobre pie franco —nunca injertado— porque la filoxera, la plaga que arrasó los viñedos continentales en el siglo XIX, jamás llegó a este archipiélago volcánico. El resultado es un auténtico museo vivo de la viticultura: cepas centenarias y sistemas de conducción tan singulares como el cordón trenzado del Valle de La Orotava, capaz de prolongar un sarmiento durante metros como una larga serpiente vegetal, junto a los emparrados del noroeste, los parrales bajos del noreste y los vasos austeros de las cotas altas del sur.

Todo esto es posible gracias a una geografía extrema. El Teide, que se eleva hasta los 3.718 metros, actúa como escudo climático y genera hasta cinco zonas climáticas distintas en la isla: laderas lluviosas y otras secas, expuestas a los alisios o protegidas de ellos. Las viñas se reparten entre los 400 y los 1.600 metros de altitud, sobre suelos pobres y muy drenantes de basalto, ceniza, piedra pómez y lapilli que cambian radicalmente de una comarca a otra. Cultivar aquí supone negociar cada año con el viento, la pendiente y la escasez de agua: una auténtica forma de alpinismo agrícola.

La historia añade otra capa de fascinación. Tras la conquista castellana, Tenerife se convirtió rápidamente en tierra de vid, y la primera vendimia documentada se sitúa a comienzos del siglo XVI. Durante los siglos XVI y XVII, el célebre "Canary Wine" —una malvasía dulce y generosa— conquistó las mesas inglesas hasta el punto de ser mencionado varias veces por Shakespeare. Garachico, en la costa noroeste, era uno de los grandes puertos de salida hacia Londres y las colonias americanas, y en 1666 los cosecheros locales llegaron a vaciar los almacenes de comerciantes británicos en un célebre episodio de protesta contra sus abusos. El declive llegó con la competencia de Madeira y Oporto y, sobre todo, con la erupción del volcán de Trevejo en 1706, que sepultó el puerto de Garachico bajo las coladas.

Hoy Tenerife vive un renacimiento silencioso, impulsado por un puñado de bodegas que en las últimas décadas han apostado por profundizar en la diferencia en lugar de imitar los vinos continentales: Viñátigo, con el trabajo pionero de Juan Jesús Méndez en la recuperación de variedades autóctonas; Suertes del Marqués, en el Valle de La Orotava, donde Jonatán García Lima ha revelado la finura floral del Listán Negro; y Envínate, con Roberto Santana, uno de los proyectos más seguidos por los amantes del vino natural en todo el mundo.

El repertorio varietal sigue siendo extraordinario: entre las blancas dominan el Listán Blanco, la Malvasía Aromática, el Gual, el Vijariego Blanco, el Albillo Criollo y el Marmajuelo; entre las tintas, además del Listán Negro, aparecen el Negramoll, el Baboso Negro y la Tintilla. La isla cuenta con cinco denominaciones de origen —Tacoronte-Acentejo, Valle de La Orotava, Ycoden-Daute-Isora, Valle de Güímar y Abona—, cada una con un carácter propio, desde los blancos salinos y frescos del norte hasta los tintos volcánicos y especiados del sur.

No faltan los retos: minifundio, abandono de las tierras más difíciles de trabajar, escasez de mano de obra, presión urbanística y calentamiento global amenazan un patrimonio que, como se recordó durante el summit, no puede sostenerse solo con retórica paisajística sin garantizar una renta digna a quien poda, labra y vendimia a mano en laderas casi verticales. Para quien visita la isla, sigue siendo una experiencia imprescindible: una copa de Listán Blanco fresco junto a un pescado a la plancha o unas papas arrugadas, con el Teide vigilando en silencio al fondo.