Detrás de los tapetes blancos que aún decoran muchas casas canarias se esconde un oficio que corre el riesgo de desaparecer en una generación. El calado, el bordado calado introducido en el archipiélago en el siglo XIX y convertido en uno de los símbolos artesanales más reconocibles de las islas, protagoniza hoy un doble movimiento: por un lado, la alarma por la falta de relevo generacional; por otro, un intento, respaldado por las instituciones, de devolverlo al centro de la escena cultural contemporánea.
La señal más concreta llega del Cabildo de Gran Canaria, que en junio lanzó la primera edición de "Gran Canaria Singular. Calando Cultura", un proyecto interdisciplinar presentado por el presidente Antonio Morales y la consejera de Cultura Guacimara Medina, con el objetivo declarado de "rescatar esta manifestación artesanal como símbolo de herencia, creatividad y resistencia cultural", vinculándola a las artes contemporáneas y la educación. La iniciativa, que implicó a cinco equipamientos culturales de la isla —Biblioteca Insular, Teatro Cuyás, CCA Gran Canaria, el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) y la Casa de Colón—, llevó al alumnado del IES Ingenio a reinterpretar el calado desde las artes plásticas y al del IES Pérez Galdós a transformarlo en poesía y teatro, con la obra "Mujeres de hilo".
El fruto más duradero de aquel proyecto sigue visitable: en el CAAM de Las Palmas, la exposición "La vida entre calados. El calado canario, espacios de creación y uso", comisariada por Ramón Gil en colaboración con la FEDAC (Fondo para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria) y la marca Ogadenia Couture, permanecerá abierta hasta el 18 de octubre de 2026. La muestra no se limita a exhibir piezas: reconstruye los espacios domésticos y rurales donde se practicaba esta técnica textil, poniendo en diálogo el mundo campesino con las viviendas burguesas donde el calado era símbolo de prestigio social.
En paralelo, en Gáldar, la Fundación Ciudad de Gáldar desarrolla junto a la FEDAC cursos de calado que este año han reunido a 65 participantes, una cifra significativa para un oficio que, según un reportaje publicado en primavera por el portal local El Burgado, es uno de la treintena que hoy corre riesgo real de extinción en Canarias. Junto al calado, el mismo análisis cita la alfarería sin torno de La Atalaya, Chipude y Hoya Pineda, la cuchillería tradicional (el célebre "naife" de Guía, Telde y Santa Brígida), la construcción artesanal de timples y la cestería de caña y pita: oficios sostenidos, casi en su totalidad, por artesanos mayores de 60 años sin un relevo generacional claro.
El problema, según los observadores del sector, no es solo cultural sino económico: una pieza de calado importante puede requerir semanas de trabajo, pero el precio que el mercado está dispuesto a pagar rara vez cubre el tiempo invertido. El Gobierno de Canarias mantiene un Registro de Empresas Artesanas (RITE) y el sello oficial "Artesanía de Canarias" para distinguir lo auténtico del souvenir industrial, pero los propios artesanos llevan años advirtiendo que, sin demanda real ni una remuneración digna, el apoyo institucional corre el riesgo de quedarse en el escaparate.
Para quienes viven en Canarias, seguir esta historia significa entender que detrás de cada mantel o tapete de calado que se vende en los mercadillos artesanales hay un patrimonio de saberes transmitido de mujer a mujer durante más de un siglo, que sin nuevas manos dispuestas a aprenderlo corre el riesgo de apagarse con la última maestra.

