En Canarias, el agua ha sido siempre una cuestión de supervivencia. En un archipiélago donde la sequía es estructural y la desalación consume enormes cantidades de energía, un proyecto europeo intenta darle la vuelta al problema: ¿y si fuera el propio mar, con la fuerza de sus olas, el que produjera el agua potable que las islas necesitan?
Se llama DESALIFE y es la apuesta que se juega en el norte de Gran Canaria. La idea es tan sencilla en su principio como ambiciosa en su ejecución: usar la energía undimotriz —la energía cinética de las olas— para alimentar una planta de desalación flotante con cero emisiones de CO₂. La tecnología emplea un proceso de ósmosis inversa que no consume electricidad de la red: es el oleaje el que aporta la presión necesaria para separar la sal del agua de mar.
Las cifras del proyecto dan la medida de su ambición. DESALIFE cuenta con un presupuesto cercano a los 10 millones de euros, de los cuales 5,9 millones están cofinanciados por la Agencia Ejecutiva Europea de Clima, Infraestructuras y Medio Ambiente (CINEA), en el marco del Programa de Economía Circular y Calidad de Vida. Detrás hay un consorcio de peso: Ocean Oasis Canarias, el Instituto Tecnológico de Canarias (ITC), el Grupo de Investigación en Sistemas de Energías Renovables de la Universidad de Las Palmas (GRRES-ULPGC), la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN) y la consultora ambiental Elittoral.
El objetivo concreto: durante la fase demostrativa, la planta desaladora de Arucas-Moya recibirá hasta 2.000 metros cúbicos diarios de agua dulce producida en alta mar, el equivalente al consumo diario de unas 15.000 personas. Todo ello sin consumir electricidad de la red y sin las emisiones normalmente ligadas a la desalación tradicional. El proyecto, de cinco años de duración, no es un simple experimento académico: busca validar sobre el terreno una tecnología exportable a todas las regiones costeras del mundo que sufren escasez hídrica.
Y ahí reside el valor estratégico de la iniciativa. Canarias no solo intenta resolver un problema propio: se postula para convertirse en un laboratorio global de sostenibilidad hídrica. La combinación de sol, viento y, ahora, olas, hace del Archipiélago un banco de pruebas ideal para las energías marinas, un sector en plena expansión a nivel europeo. Si DESALIFE funciona como se espera, la historia de Gran Canaria —una isla árida que convierte el océano que la rodea en una fuente de agua limpia— podría convertirse en un modelo de referencia internacional.
El camino aún es largo y la experimentación tendrá que demostrar que la tecnología aguanta en condiciones reales, con mares agitados y estaciones distintas. Pero el mensaje es claro: en un futuro marcado por la escasez de agua y la necesidad de descarbonizar, las islas quieren ser parte de la solución, y no solo víctimas del problema.

