En Austria, la producción hidroeléctrica de julio se quedó en el 51% de la media histórica. En Suiza, en el 48%. Alemania y Francia registraron caídas importantes en el mismo periodo. No son cifras aisladas: según datos recopilados por Euronews y GlobalData a principios de agosto, los aportes a embalses y centrales hidroeléctricas fluyentes en Austria y Suiza cayeron este verano a casi la mitad de lo normal, en una de las temporadas más secas jamás registradas en los Alpes.
El problema no se limita a las facturas domésticas. La hidroeléctrica aporta cerca del 28% de la electricidad de la Unión Europea en el primer trimestre de 2026, pese a ser la segunda fuente renovable del continente tras la eólica. Y justo cuando esta fuente se debilita, la demanda energética para alimentar la inteligencia artificial se dispara: un solo clúster de entrenamiento para modelos de IA de última generación consume hoy entre 100 y 300 megavatios de forma continua, el equivalente al consumo de una ciudad de tamaño medio.
Los precios mayoristas de la electricidad en la Unión Europea ya son los más altos entre los principales mercados mundiales, aproximadamente el doble que en Estados Unidos e India. Según los análisis recopilados por medios especializados como Voltarione y Tech Insider, el coste de asegurar capacidad en los cinco principales mercados europeos de centros de datos —Fráncfort, Londres, Ámsterdam, Dublín y París— subirá de media un 12% en 2026, impulsado por restricciones de oferta y costes de desarrollo crecientes. Para un campus de 100 megavatios, el coste energético anual total oscila entre 38 y 55 millones de euros en los países nórdicos, donde la combinación de hidroeléctrica y eólica garantiza precios spot más bajos y estables (40-60 euros por megavatio-hora), hasta 118-149 millones de euros en Dublín.
Es en este escenario donde analistas citados por CNBC y OilPrice hablan abiertamente del riesgo de que Europa "pierda la carrera de la IA" no por falta de talento o capital, sino simplemente por falta de energía a precios competitivos. Estados Unidos y China, con redes eléctricas más flexibles y, en algunos casos, menos restricciones ambientales para construir nueva capacidad, están absorbiendo una cuota creciente de la inversión global en centros de datos.
Para las empresas tecnológicas europeas, la consecuencia práctica ya es visible: parte de la capacidad de cómputo se está desplazando hacia los países del norte de Europa, donde las condiciones hídricas y eólicas siguen siendo más favorables, o directamente fuera del continente. Para la ciudadanía, el efecto más inmediato sigue siendo el más familiar —facturas más caras en un verano ya marcado por el calor y la sequía— pero la cuestión, explican los expertos, está cada vez más entrelazada con el futuro industrial del continente: sin energía renovable abundante y fiable, a Europa le costará competir de igual a igual en la carrera global por la inteligencia artificial.

