Hay un detalle, entre las cientos de páginas de la documentación técnica para la reforma del Estadio de Gran Canaria, que más que ningún otro recuerda a una película de ciencia ficción: módulos de malla situados en la cubierta, capaces de interceptar las diminutas gotas de agua que transporta el viento del norte, el que en Canarias se conoce como alisio. El agua recogida se filtraría y usaría, entre otras cosas, para riego. Se llama captanieblas, y es una idea biomimética tomada prestada de la capacidad de ciertas plantas e insectos del desierto para sobrevivir recolectando la humedad del aire.
El proyecto, firmado por el estudio de arquitectura L35 y ganador del concurso convocado por el Cabildo de Gran Canaria para el recinto de Siete Palmas, aspira a convertir el estadio grancanario en uno de los mejores de Europa de cara al Mundial de fútbol 2030. Pero conviene ser precisos sobre qué está ya decidido y qué sigue, por ahora, sobre el papel.
Las cifras concretas existen: la memoria técnica fija un máximo de 60 kWh por metro cuadrado y año de demanda energética, con una reducción superior al 30% respecto a un escenario de referencia estándar. La gran cubierta del estadio, ya bautizada como "la corona" por su coste de 93 millones de euros, albergará una instalación fotovoltaica de aproximadamente 2,5 MWp, pensada de forma prioritaria para el autoconsumo. El objetivo declarado es que al menos el 45% de la energía consumida proceda de fuentes renovables producidas in situ.
Hay que decirlo con la misma claridad: son objetivos de proyecto, no resultados ya alcanzados. La producción solar varía a lo largo del día y de las estaciones, mientras que los picos de consumo más altos suelen coincidir con los partidos nocturnos, cuando los paneles no producen nada. El rendimiento real dependerá del diseño definitivo de inversores, posibles sistemas de almacenamiento y gestión de cargas, elementos que solo se conocerán con la obra terminada y certificada.
El sistema captanieblas, el más sugerente, es también el más incierto: la documentación lo excluye explícitamente del contrato actual y lo remite a una futura licitación específica. Es decir, hoy es una idea estudiada, parte del horizonte ambiental del estadio, pero sin presupuesto asignado ni adjudicación. Podría no llegar a construirse nunca, o convertirse en uno de los elementos más fotografiados del nuevo recinto: dependerá de decisiones técnicas y económicas todavía pendientes.
El contexto en el que se inserta este proyecto no es casual. Canarias ha invertido en los últimos años en una estrategia energética que busca duplicar la potencia renovable del archipiélago, con más de 800 millones de euros entre fondos públicos y privados, y en julio el Cabildo de Lanzarote firmó el primer protocolo para las Zonas de Aceleración de Renovables (ZAR) previstas en la ley regional de cambio climático. Un estadio pensado para un evento global como el Mundial se convierte así también en escaparate de ese modelo, con todos los riesgos que implica mostrar al mundo un proyecto todavía sobre el papel.
El concurso para la reforma quedó desierto en una primera convocatoria, antes de que L35 se hiciera con el encargo. La fase de presentación de ofertas para los aspectos aún no adjudicados, incluido el capítulo captanieblas, se cierra el 11 de septiembre. Solo entonces se sabrá cuánto de esta apuesta verde queda en el papel y cuánto se convierte en hormigón, paneles y, quizá, redes que beben niebla.

