Bajo el mismo techo crecen dos invernaderos que en realidad son uno. En una mitad, la cubierta de polietileno deja pasar toda la luz del sur de Tenerife. En la otra, una parte del techo lleva placas fotovoltaicas de sombreado variable. Lo que se cultive debajo dirá, con el tiempo, qué mitad sale ganando.
El experimento es del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA), en la Finca La Estación de Güímar. Lo visitaron en junio los consejeros de Transición Ecológica, Mariano H. Zapata, y de Agricultura, Narvay Quintero. Se derribó la estructura anterior para levantar un invernadero experimental tipo raspa y amagado de unos 1.300 metros cuadrados. Las placas ocupan unos 204 metros cuadrados útiles, con una potencia pico estimada de 37,2 kilovatios. La inversión es de 157.868 euros con fondos Next Generation EU.
Lo interesante es la zona testigo. Comparar la parte sombreada con la descubierta permitirá medir cuánta agua de riego hace falta, cómo afecta la sombra a los cultivos, qué rendimientos se obtienen y con qué calidad. Quintero lo resumió como "conocimiento útil transferible al sector agrícola canario" en eficiencia y adaptación climática.
La segunda pieza está en Santa Lucía de Tirajana, en Gran Canaria. Allí el ICIA cuenta con una instalación fotovoltaica vertical experimental: 60 módulos bifaciales, que captan luz por ambas caras, con 25 kWp de potencia. La producción anual estimada es de 42.900 kWh y la inversión de 97.613 euros. Las hileras verticales, orientadas norte-sur, sirven además de cortavientos. El sistema está pensado para autoconsumo aislado y vinculado a proyectos de investigación agraria y energética.
¿Por qué ahora? Un estudio de investigadores de la ULPGC publicado a finales de 2024 en la revista Land aporta contexto. Gran Canaria tiene 29.042 hectáreas de superficie agrícola, pero solo se cultiva el 38,84%, y con eso cubre en torno al 20% de su demanda de alimentos. Mientras tanto, las huertas solares avanzan sobre suelo fértil: el trabajo contabiliza 189,5 MW pendientes de autorización sobre unas 1.110 hectáreas cultivadas. Los autores lo ven como una paradoja: se descarboniza la electricidad a costa de perder tierra y de importar más comida.
Su propuesta va en sentido contrario. Aplicar agrovoltaica en el 10% de las tierras agrícolas abandonadas daría unos 982 MW. Además, al recuperar esos campos, la autosuficiencia alimentaria de la isla pasaría del 20% al 23,15%. El estudio sostiene también que la sombra parcial reduce las necesidades hídricas del cultivo, algo que pesa mucho en un archipiélago que desala buena parte de su agua.
La idea no es nueva. En 2009 la Universidad de La Laguna, Fundesculp y el ITER del Cabildo tinerfeño ya hablaban de "cultivar electricidad" en las cerca de 7.500 hectáreas de invernaderos canarios. Proponían un invernadero de prueba de 1.000 metros cuadrados con láminas fotovoltaicas semitransparentes. Ha tardado, pero ahora hay invernaderos de ensayo funcionando.
Falta lo más importante: los datos. En Mazarrón (Murcia), Novagric y la suiza Voltiris prueban filtros espectrales que solo dejan pasar la luz útil para la planta. En ensayos previos en Alemania y Países Bajos, esos filtros bajaron hasta 7 grados la temperatura interior. Son otros climas y otros cultivos. Por eso tienen sentido los ensayos del ICIA: medir con el sol, el viento y el suelo de aquí.

