Hay algo casi poético, e igualmente inquietante, en la idea de que cada vez que se consulta una inteligencia artificial, la respuesta recorra miles de kilómetros por el fondo del océano a través de un cable tan grueso como una manguera de jardín. No es una metáfora. Es exactamente lo que ocurre, cada segundo, miles de millones de veces al día. Más del 95% del tráfico global de internet — datos, mensajes, transacciones financieras, consultas a sistemas de IA — transita por una red de cables submarinos de fibra óptica tendidos en el barro y en las fosas abisales de los océanos. Así lo confirman los datos de Telegeography, la principal empresa de análisis de infraestructuras de telecomunicaciones globales, que lleva décadas cartografiando esta telaraña invisible.